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Editorial de ¡Ni un paso atrás!

AM 530 "La voz de Las Madres"

Programa del 17 de julio de 2008

Rabiosos, sí; consternados, nunca

Demetrio Iramain

Y sí, estamos consternados, rabiosos. Cuando la puñalada se hunde en la espalda, sangra. Sin embargo, ¿debemos estar consternados y rabiosos?

Rabiosos, sí. Siempre. Hoy, incluso, más que nunca antes. Consternados, jamás. Ya estamos curados de espanto con los radicales, que siempre, siempre, han sido traidores. Históricamente, vendidos a la parte de más atrás del imperialismo. Traicionaron su verba democrática y le dieron intendentes y dirigentes medios a la dictadura del '76; traicionaron en Semana Santa del 87 y dieron impunidad total a los genocidas; traicionaron la democracia y después de los bombardeos a la Plaza de Mayo por los aviones de la Marina de Guerra Argentina, apoyaron el golpe del 55; traicionaron la apertura que significaba la derrota electoral del menemismo y entregaron la Alianza a Domingo Felipe Cavallo; traicionaron y mataron peones huelguistas en la Patagonia.

Qué morisqueta de la historia: pasaron más de ochenta años y los radicales vuelven a traicionar a los peones rurales; aquella vez, fusilándolos, enterrándolos en tumbas colectivas, sin nombre; hoy contribuyendo a acrecentar la ganancia exorbitante de los grandes patrones rurales, que emplean en negro a peones sin tierra y con mucha enfermedad, que superexplotan a niños hijos de la peonada, mandándolos a banderear en los sembradíos para que el avión fumigador no equivoque el sitio donde debe arrojar el pesticida y al soltarlo desinfecte el campo, pero también envenene inmoralmente a esos niños. Los daños colaterales de los terratenientes.

Pero los radicales son así. Su moral es esa y no otra. Esa es su tan declamada “calidad institucional”. Su vocación por el “consenso” y el “diálogo”. Son los eternos muertos políticos que nunca acaban de morir. En la noche del 20 de diciembre de 2001, ¿alguien podía creer que los radicales volverían a estar en el poder? No, seguramente. Y sin embargo…

Pero decíamos: rabiosos, sí, pero consternados, menos. Nuestro pueblo ha sufrido golpes infinitamente peores que una votación parlamentaria empatada y resuelta por el voto cobarde de un miserable traidor. Esta lucha por la distribución de la riqueza; por desojar un poco a los ricos para parar la olla de los pobres, viene de lejos. No empezó con las carpas kirchneristas frente al Congreso. Ni va a terminar con el golpe bajo de Julio “Lobos”. Sí, un lobo vestido de cordero, con tembleque en la voz, patético en los argumentos, haciéndose el pobrecito, pero muy seguro al momento de compartir su voto con Menem, Rodríguez Saá y Chiche Duhalde, entre otros 36 golpistas como él.

Decíamos, viene de lejos esta lucha. Los 300000 desaparecidos luchaban por la distribución de la riqueza, que en aquel momento histórico, bajo precisas circunstancias políticas y sociales, permitía ir por más, tanto más que lo que pugnaba era, lisa y llanamente, el socialismo. No ya un impuesto a la renta extraordinaria de la tierra, sino la revolución socialista. El fin del capitalismo. Un Estado para y por los trabajadores y el pueblo. Pero vino Martínez de Hoz, de la Sociedad Rural Argentina, y hasta aquí llegamos.

Y ese lugar donde llegamos es lejos. Es bastante. Pero es insuficiente. Pasaron unas horas nomás y ya es momento de desangustiarse por lo que ocurrió esta madrugada. Por lo que no ocurrió esta madrugada. Estuvimos a las puertas de que el Parlamento, el mismo que votó con coimas la flexibilización laboral, la emergencia económica, las privatizaciones y sus despidos, la impunidad para los genocidas de la dictadura, concediera al pueblo una herramienta fundamental para recuperar derechos, asegurarse alimentos y trabajo. Pero perdimos.

Ya habrá tiempo de evaluar críticamente los errores cometidos, que seguramente los hay y mucho. Pero ahora es otra cosa: lo importante es ser claros y precisos en cuanto a que el resultado de la sesión en Senadores no resuelve el conflicto. Ni si hubiera sido favorable lo hubiese terminado. Sabíamos antes de la votación, que a partir de ahora indudablemente sobrevendría otra etapa en la construcción de la alternativa política y social al capitalismo más atroz de los años noventa. Haber llegado a esa instancia es fruto de años de acumulación de luchas, y eso no puede perderse de vista. Pero ahora se abre en el país otro tiempo político: el de poner el cuerpo aún más, movilizarse, participar, y construir poder. Poder y no senadores o diputados que voten milagrosamente a favor del proceso. Poder popular, que se mide en interacciones con la sociedad civil: sindicatos activos, movimientos sociales ascendentes, política de alianzas ágil e inteligente, subjetividad, capital simbólico. Todo eso es construir poder popular.

Y eso sigue en curso. Eso no se detiene. No puede. Es la historia. Son sus leyes objetivas y de las otras. Hoy mismo, por caso, tenemos una nueva cita: el jueves de marcha de las Madres en Plaza de Mayo.

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