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Editorial de ¡Ni un paso atrás!

Programa del 21 de diciembre de 2006


A cinco años del 20 de diciembre, el imperialismo sigue siendo
el enemigo fundamental


¿Dónde estuvo usted aquel 20 de diciembre? ¿En qué esquina de la ciudad o del país lo sorprendió la revuelta popular? ¿Lo sorprendió, acaso? ¿Realmente lo tomó desprevenido?

Ya han pasado cincos años de aquellas jornadas. 19 y 20 de diciembre de 2001. Y todo lo que vino después, incluso ese mismo año. ¿O no se acuerda de la movilización del 28 de diciembre que causó la salida de Rodríguez Saá? ¿Y de la tumultuosa ascensión de Duhalde, con copioso quilombo en las calles del Congreso y el apagón en la marcha de la noche a Plaza de Mayo, el mismo día?

Sin embargo, el 20 de diciembre no empezó el 20 de diciembre. Ni tampoco el 19, claro. Empezó antes. Mucho antes. De manera subterránea a veces, visible otras. De oculto a evidente fluctuó por los meses previos. Qué digo meses: años. Las elecciones del mes de octubre anterior, con índices de rechazo al voto absolutamente inéditos; la salvaje represión de la Alianza a la resistencia en Corrientes, en Mosconi, en Tartagal; los fogoneros de Cutral-Có; el santiagazo de la época Menem; los saqueos del final de Alfonsín; el enfrentamiento popular al plan Primavera; las luchas ante los primeros atisbos de la ola privatizadora; la intransigencia creciente ante la impunidad para los criminales de la dictadura, todos aquellos fueron hitos en la resistencia popular que se encontraron en las calles aquel 20 de diciembre. Se dieron la mano. Se reconocieron compañeros. Identificaron un enemigo común. Pasaron lista a sus acuerdos y disimilitudes, y dieron, juntos, un salto cualititativo como hacía décadas no se evidenciaba: creciente organización, capacidad de salir a la calle, fábricas recuperadas, politización del tejido social, toma de conciencia acerca de la política, el poder y el Estado.

Una lectura que suena un tanto pedante, pero ciertamente veraz, diría que la mismísima dictadura militar terminó aquel 20 de diciembre. Algunos podrían objetar en parte esa visión, pero, en cualquier caso, todos estarían más o menos de acuerdo en que, efectivamente, algo se acabó durante aquel caliente verano argentino. Algo ya no volvería a ser como nunca antes.

El asunto es analizar qué empezó aquel 20 de diciembre. Ahí inicia la divergencia. No pocos dicen que a partir de allí se reacondicionó el poder de la burguesía. Reseteó la máquina para seguir comandando el sistema. Se lavó la cara para religitimarse, lo que significa un provecho para los mandamases políticos y económicos de siempre.

En cambio, otros muchos entienden que, tras la rebelión de 2001, la dominación burguesa tuvo que ceder ventajas importantes ante la ofensiva popular, y que eso representa un logro fundamental para los ofendidos sociales. Esa ofensiva o auge, no sólo distinguió a Argentina, sino que se sucedió en el resto de países de América del sur. De Quito a Caracas, de Brasil a Bolivia, la ola de rebeliones populares dejó una suma de gobiernos mucho más a la izquierda que todos los que nos precedieron en décadas en el continente. Eso entusiasma a nuestros pueblos de aquí hacia delante, por las mejores condiciones en las que estamos ahora para librar la batalla con el imperialismo norteamericano. Porque ningún fragor izquierdista debe hacernos olvidar que esa es la madre de todas las contiendas. La más definitoria. La contradicción más dramática que asume el capitalismo. Y en eso debiéramos coincidir todos. A menos que ignoremos a Lenin, que algo sabía de estas cosas.

 

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