Ocurrió del otro lado de la Cordillera. Pero conmovió hasta el último
rincón de todo el Cono Sur. La muerte del dictador Augusto Pinochet dejó
un sabor amargo en las conciencias de todo el mundo.
Desgraciadamente, muchas más personas de lo aceptable lloraron el fallecimiento
del criminal de la dictadura chilena, figura emblemática de la represión
no sólo en Chile sino en los demás países de América
latina donde la desaparición, la tortura y la muerte clandestina fueron
faena de todos los días. En el funeral se dejaron ver lo más granado
de la cúpula empresarial, el Obispo castrense (un Baseotto chileno), y
atención- la señora Ministra de Defensa.
Los actos por la muerte de Pinochet fueron a ambos lados de su figura. Quienes
lo odian, quienes no olvidan, salieron a las calles a expresarse y fueron reprimidos
ferozmente por los carabineros. A contramano, el Ejército de Chile honró
al asesino con todo su decoro y organizó una guardia de honor.
Intolerable, ofensivo para la razón, fue la exhibición del cuerpo
inerte de Pinochet protegido tras un vidrio, ataviado con el uniforme del Ejército
de Chile. El Estado trasandino, responsable de la institución Ejército
de Chile, será por siempre maldito, asesino, terrorista, en tanto permitió
que el mayor sátrapa de las dictaduras latinoamericanas sea honrado el
día de muerte con las vestimentas, los símbolos, los cargos que
distinguieron, por caso, a Bernardo de Ohiggins. No empata esta afrenta
la sanción al oficial nieto de Pinochet, por su reivindicación del
golpe militar que acabó con la experiencia de la Unidad Popular, en aquel
septiembre de 1973.
Con la muerte de Pinochet cobra mayor dimensión la actitud del actual gobierno
argentino y en particular, de su propio presidente. Desde que asumió, Néstor
Kirchner no cesa de repudiar a los criminales de la dictadura militar. Produce
hechos simbólicos de fuerte contenido político e histórico,
que sobresalen como blanco sobre negro si se los compara con lo ocurrido en Chile.
¿Alguien se imagina a Nilda Garré con cara compungida en el sepelio
de Videla, Massera o Harguindeguy?
Por lo demás, no debiera haber sido la cama de un hospital el lugar donde
la muerte encontró al fascista chileno. El dictador tendría que
haber sido sorprendido por la huesuda en una cárcel. Una cárcel
común. Un penal sucio y maloliente como el que habitan millones de pobres
en América del Sur, perseguidos por la miseria planificada por asesinos
como Pinochet, y condenados por la Justicia arbitraria que sólo encarcela
a los injuriados sociales.
Nunca las conciencias del mundo honesto, civilizado, democrático, podrán
olvidar la pedantería y la soberbia de Pinochet, cuando apenas regresado
a Santiago tras haber sido detenido en Londres y puesto en libertad por razones
humanitarias, se levantó de su silla de ruedas y se burló de quienes
le creyeron la gravedad de su estado de salud. Los señores Lores de Inglaterra,
con su toga intocable, sabían bien que tal gravedad no existía,
que las razones humanitarias no ameritaban desechar el pedido de extradición
solicitado por Garazón en Madrid, pero Pinochet no tuvo siquiera el tino
de disimularlos. Los dejó en perfecto ridículo y se mofó
explícitamente de todos los que lucharon por la Justicia para con las víctimas
del Terrorismo de Estado chileno.
Amargura por la falta de Justicia. Amargura por la impunidad. Amargura por la
chorrera de procesos judiciales abiertos contra Pinochet que nunca prosperaron.
Por la sangre que todavía gotean las heridas abiertas en la costra de la
sociedad chilena, amargura. Ni la muerte del mayor déspota y depravado
que tuvo la historia de Chile podrá endulzar algo entre tanta amargura.