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Editorial de ¡Ni un paso atrás!

Programa del 14 de diciembre de 2006


La muerte de Pinochet no compensa la impunidad


Ocurrió del otro lado de la Cordillera. Pero conmovió hasta el último rincón de todo el Cono Sur. La muerte del dictador Augusto Pinochet dejó un sabor amargo en las conciencias de todo el mundo.

Desgraciadamente, muchas más personas de lo aceptable lloraron el fallecimiento del criminal de la dictadura chilena, figura emblemática de la represión no sólo en Chile sino en los demás países de América latina donde la desaparición, la tortura y la muerte clandestina fueron faena de todos los días. En el funeral se dejaron ver lo más granado de la cúpula empresarial, el Obispo castrense (un Baseotto chileno), y –atención- la señora Ministra de Defensa.

Los actos por la muerte de Pinochet fueron a ambos lados de su figura. Quienes lo odian, quienes no olvidan, salieron a las calles a expresarse y fueron reprimidos ferozmente por los carabineros. A contramano, el Ejército de Chile honró al asesino con todo su decoro y organizó una guardia de honor.

Intolerable, ofensivo para la razón, fue la exhibición del cuerpo inerte de Pinochet protegido tras un vidrio, ataviado con el uniforme del Ejército de Chile. El Estado trasandino, responsable de la institución Ejército de Chile, será por siempre maldito, asesino, terrorista, en tanto permitió que el mayor sátrapa de las dictaduras latinoamericanas sea honrado el día de muerte con las vestimentas, los símbolos, los cargos que distinguieron, por caso, a Bernardo de O’higgins. No empata esta afrenta la sanción al oficial nieto de Pinochet, por su reivindicación del golpe militar que acabó con la experiencia de la Unidad Popular, en aquel septiembre de 1973.

Con la muerte de Pinochet cobra mayor dimensión la actitud del actual gobierno argentino y en particular, de su propio presidente. Desde que asumió, Néstor Kirchner no cesa de repudiar a los criminales de la dictadura militar. Produce hechos simbólicos de fuerte contenido político e histórico, que sobresalen como blanco sobre negro si se los compara con lo ocurrido en Chile. ¿Alguien se imagina a Nilda Garré con cara compungida en el sepelio de Videla, Massera o Harguindeguy?

Por lo demás, no debiera haber sido la cama de un hospital el lugar donde la muerte encontró al fascista chileno. El dictador tendría que haber sido sorprendido por la huesuda en una cárcel. Una cárcel común. Un penal sucio y maloliente como el que habitan millones de pobres en América del Sur, perseguidos por la miseria planificada por asesinos como Pinochet, y condenados por la Justicia arbitraria que sólo encarcela a los injuriados sociales.

Nunca las conciencias del mundo honesto, civilizado, democrático, podrán olvidar la pedantería y la soberbia de Pinochet, cuando apenas regresado a Santiago tras haber sido detenido en Londres y puesto en libertad por razones humanitarias, se levantó de su silla de ruedas y se burló de quienes le creyeron la gravedad de su estado de salud. Los señores Lores de Inglaterra, con su toga intocable, sabían bien que tal gravedad no existía, que las razones humanitarias no ameritaban desechar el pedido de extradición solicitado por Garazón en Madrid, pero Pinochet no tuvo siquiera el tino de disimularlos. Los dejó en perfecto ridículo y se mofó explícitamente de todos los que lucharon por la Justicia para con las víctimas del Terrorismo de Estado chileno.

Amargura por la falta de Justicia. Amargura por la impunidad. Amargura por la chorrera de procesos judiciales abiertos contra Pinochet que nunca prosperaron. Por la sangre que todavía gotean las heridas abiertas en la costra de la sociedad chilena, amargura. Ni la muerte del mayor déspota y depravado que tuvo la historia de Chile podrá endulzar algo entre tanta amargura.
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