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Editorial
de ¡Ni un paso atrás!
Programa del 9 de noviembre de 2006
Las Madres se parecen mucho a la revolución
Hace treinta años,
casi, que las Madres de Plaza de Mayo fatigan el asfalto de las siestas de cada
jueves del país. Ellas insisten en no dejar dormir la siesta a las palomas.
Colgadas de una rama picotean la paz de catacumbas del capitalismo. Date que
te dale romper en dos mitades desparejas la calma que los poderosos reparten
para que continúe su batifondo de explotación y banalidad. Uno,
dos, veinticinco, treinta. Treinta años.
Recién ahora, extrañamente, las Madres de Plaza de Mayo son homenajeadas
en el país. Es decir, homenajeadas circunspectamente, con premios y plaquetas
y actos y distinciones formales. Porque en verdad, el pueblo anónimo,
descalzo, contradictorio, simple, siempre las homenajeó. En silencio,
pero las reivindicó. Veladamente, pero las defendió. A contragolpe,
a los sopapos, pero las quiso. Les hizo un lugar en su más secreta emoción.
Desde el primer día pueblo y Madres se habitan como la madera en el palito.
Se precisan como agua al arroyo. Aunque ellos, muchas veces, desconocieran esa
ligazón. Aunque ese sentimiento del pueblo por las Madres se presentara,
al principio, desvirtuado, borroso, tergiversado por el miedo y la apatía.
Falsa conciencia, que se dice.
Lo cierto es que en estas tres décadas de lucha, los homenajes formales
hacia las Madres por lo general provinieron del extranjero. Personalidades,
instituciones, parlamentos fuera del país. Nombres de calles y plazas
recordando la gesta de las Madres de Plaza de Mayo, se repiten en decenas de
ciudades europeas. Llegaron a estar a las puertas de ser nominadas al Premio
Nobel. Pero aquí, mutis.
Los gobiernos las combatieron. Los medios del sistema las ningunearon. Algunas
no, pero, frecuentemente, las organizaciones sindicales, políticas, sociales
de raigambre popular, trataron de esconderlas bajo el felpudo porque la acción
combativa de las Madres siempre significó para ellas un imperativo imposible,
un deber ser insoportable, que impugnaba, aún sin proponérselo,
su propia praxis.
Pero hete aquí que las cosas están cambiando. Enhorabuena. Se
podría afirmar, concienzudamente, que vivimos el momento en que las Madres
de Plaza de Mayo gozan del mayor punto de consenso institucional. No social,
porque siempre lo han tenido, pero sí institucional. Cantidad de premios
para ellas, las puertas de la Casa de Gobierno abiertas a sus pasos, hasta los
ministros de las Corte Suprema las reciben generosamente en sus despachos y
escuchan de sus voces, sin intermediarios, los planteos más radicales
y justos, que siempre las distinguieron.
A quienes observamos a las Madres cercana y detenidamente, con buena leche,
intentando comprender la racionalidad que guía sus actos, nos parece
que las Madres de Plaza de Mayo son la síntesis más acabada de
la potencialidad transformadora, revolucionaria, humilde, seria y trabajosa
de nuestro pueblo. Las Madres están en el derrotero político del
país desde los días del subsuelo de la patria, cuando la sociedad
argentina no se hallaba a sí misma ni en la última esquina de
la desesperanza. Quien siga el desenvolvimiento de la epopeya de las Madres,
podrá seguir el nacimiento de nuevo del país, sus resistencias
heroicas, sus fiascos, sus errores y aciertos, su generosidad en la entrega
absoluta. Su humildad para reconocer equivocaciones y su virtuosismo para levantarse
de ellos y seguir construyendo.
Construir. Las Madres nos dicen ahora que es momento de construir. De tomar
el proyecto en propias manos y avanzar. De ser el país, y no demandarle
a él como si fuera un padre, un tío rico. Línea política
clara, conducta donde reflejar las ambiciones colectivas, ejemplo del cual extraer
madera para el propio ejemplo. Eso son las Madres. Eso dejan a los demás
apenas se marca su huella en el camino. Cada premio a las Madres, es, también,
un reconocimiento a la mejor tradición de lucha de nuestro pueblo.
Si la clase trabajadora argentina pudo producir un movimiento social de oposición
política de tal envergadura y proyección, como las Madres de Plaza
de Mayo, entonces quién se animará a afirmar que la revolución
es imposible.
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