Agresión
militar a Cuba o la locura final del imperialismo norteamericano
El imperialismo norteamericano es perfectamente capaz de consumar cualquier crimen.
Su impudor, su modo terrorista, su bajeza moral alcanzan por estos tiempos límites
nunca vistos. Pareciera, precisamente, no tener ningún límite en
su proceder abusivo y prepotente. Quizás por eso mismo Hugo Chávez
y Fidel Castro precisaron en Córdoba que durante este siglo terminaría
derrumbándose el imperio norteamericano. Fidel, incluso, presagió
que siendo generosos sólo le quedan cincuenta años más sobre
la tierra. Injustificado ya por la historia, corrompido moralmente, su continuidad
aparece limitada, restringida por los inexorables cambios histórico sociales
que se anuncian. Aunque tal vez por eso mismo su peligrosidad asesina se vuelva
exactamente eso, peligrosa.
La invasión a Irak fue su penúltima crueldad. La más reciente,
la masacre que su soldado israelí está cometiendo sobre las poblaciones
de El Líbano y palestina de Gaza. La que ahora se anuncia como próxima
es Cuba.
Los medios de comunicación de masas, por su parte, cumplen un rol fundamental
en el asunto. Al momento de contar los conflictos mundiales justifican todo el
tiempo al imperialismo. Sutilmente a veces, en forma descarada otras, componen
parejamente el marco a conveniencia de los asesinos. Legitimar al imperialismo,
ésa es la tarea. Dotarlo de la moral de la que adolece por completo. Ejemplo:
discurrir en cuanto programa de televisión haya sobre la Cuba sin
Fidel; medir con una escuadra la libertad que no hay en Cuba
confrontándola con la democracia que sí hay en las otras
naciones occidentales; llamar régimen al sistema político
y económico planificado que organiza la vida social en Cuba, que no es
otro que el socialismo. O hablar de Guerra en Medio Oriente para nombrar
la masacre que el Estado de Israel comete con los pueblos árabes de El
Líbano y Palestina.
Jamás puede ser una guerra el bombardeo indiscriminado de un poderoso ejército
regular sobre objetivos civiles, esto es: edificios en ciudades, aeropuertos,
refugios para niños y discapacitados, puentes, carreteras. Jamás
puede ser una guerra el enfrentamiento entre unas súper equipadas fuerzas
armadas y una milicia de hombres y mujeres que responden a la agresión
con misiles y piedras. Es una masacre, señores de las Naciones Unidas,
una masacre indiscutible; la prosecución en formas tajantemente violentas
de un genocidio étnico que ya lleva varias décadas. Basta de llamarle
guerra, señores dueños de las empresas internacionales de noticias.
Y basta de llamarle Medio Oriente a la zona de conflicto. El escenario de la masacre
es un país independiente y soberano; pobre, pero independiente y soberano;
desprotegido por Estados Unidos, Europa y las Naciones Unidas, pero independiente
y soberano. Los países ahora amenazados son Irán y Siria, no Oriente
próximo; la inescrupulosa extensión de territorio hasta el
río Litani, pretendida por Israel, es exactamente eso y no una zona de
exclusión. La masacre es en El Líbano, la masacre es en Gaza, la
tierra envenenada para siempre por las bombas imperialistas es Palestina, no es
Medio Oriente, como le dicen los medios de comunicación de masas nublando
en una oscura zona del mundo el lugar concreto, las determinadas coordenadas donde
ocurre la matanza. ¿Acaso alguien dijo que los aviones estrellados sobre
los edificios de Nueva York cayeron sobre América del Norte, o en
Occidente? Hasta el nombre de las factorías que tenían sus
oficinas en las Torres Gemelas supo el mundo cuando aquel 11 de septiembre. Pero
ahora es Cercano Oriente, como decir allá, lejos del mundo,
en la ajena humanidad.
Lo que sí no es ajena humanidad, es lo que suceda en Cuba. Hasta a quienes
en nuestro país les parece impropio exasperarse por lo que acontece en
Irak o en Palestina, les resultará que observar a Cuba es observarse a
sí mismos como sociedad. Conmueve pensar que si Bush no vaciló en
mentir groseramente las razones de la guerra en Irak; que si no dudó al
momento de inventar el cuento de las armas químicas; que si no se dejó
intimidar por las formidables muestras de rechazo mundial a su ataque sobre Bagdad,
tal vez ahora pueda proyectar una maldad semejante sobre Cuba.
Basta, entonces, de seguir jugando el juego que reparte Estados Unidos. Basta
de poner el acento en la poca oferta de productos de consumo banal que hay en
Cuba; basta de contar la realidad de Cuba según el diccionario de la democracia
liberal. Miremos su rica complejidad; atendamos el sagrado derecho, que sí
rige en Cuba, de asistir a toda la población en salud gratuita, en educación
completa hasta la universidad, en vivienda de paredes despintadas pero digna,
en adecuada alimentación. Eso es lo que la distingue de los demás
países del mundo, y no los años que hace que Fidel está en
el poder, ni la relación sanguínea con quien lo está reemplazando
transitoriamente.
Si el imperialismo norteamericano comete una agresión militar sobre la
revolución socialista cubana, seguros estamos que aquella sería
su última locura. Después de eso ya no habría imperialismo.
Que lo sepa el nazi Bush o el demócrata o republicano
que lo suceda alguna vez: invadir Cuba sería la sentencia de muerte del
imperialismo norteamericano, y quien la firme sería el mismísimo
gobierno de Estados Unidos.