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Editorial de ¡Ni un paso atrás!

Programa del 10 de agosto de 2006

Agresión militar a Cuba o la locura final del imperialismo norteamericano


El imperialismo norteamericano es perfectamente capaz de consumar cualquier crimen. Su impudor, su modo terrorista, su bajeza moral alcanzan por estos tiempos límites nunca vistos. Pareciera, precisamente, no tener ningún límite en su proceder abusivo y prepotente. Quizás por eso mismo Hugo Chávez y Fidel Castro precisaron en Córdoba que durante este siglo terminaría derrumbándose el imperio norteamericano. Fidel, incluso, presagió que siendo generosos sólo le quedan cincuenta años más sobre la tierra. Injustificado ya por la historia, corrompido moralmente, su continuidad aparece limitada, restringida por los inexorables cambios histórico sociales que se anuncian. Aunque tal vez por eso mismo su peligrosidad asesina se vuelva exactamente eso, peligrosa.

La invasión a Irak fue su penúltima crueldad. La más reciente, la masacre que su soldado israelí está cometiendo sobre las poblaciones de El Líbano y palestina de Gaza. La que ahora se anuncia como próxima es Cuba.

Los medios de comunicación de masas, por su parte, cumplen un rol fundamental en el asunto. Al momento de contar los conflictos mundiales justifican todo el tiempo al imperialismo. Sutilmente a veces, en forma descarada otras, componen parejamente el marco a conveniencia de los asesinos. Legitimar al imperialismo, ésa es la tarea. Dotarlo de la moral de la que adolece por completo. Ejemplo: discurrir en cuanto programa de televisión haya sobre la “Cuba sin Fidel”; medir con una escuadra la “libertad” que no hay en Cuba confrontándola con la “democracia” que sí hay en las otras naciones occidentales; llamar “régimen” al sistema político y económico planificado que organiza la vida social en Cuba, que no es otro que el socialismo. O hablar de “Guerra en Medio Oriente” para nombrar la masacre que el Estado de Israel comete con los pueblos árabes de El Líbano y Palestina.

Jamás puede ser una guerra el bombardeo indiscriminado de un poderoso ejército regular sobre objetivos civiles, esto es: edificios en ciudades, aeropuertos, refugios para niños y discapacitados, puentes, carreteras. Jamás puede ser una guerra el enfrentamiento entre unas súper equipadas fuerzas armadas y una milicia de hombres y mujeres que responden a la agresión con misiles y piedras. Es una masacre, señores de las Naciones Unidas, una masacre indiscutible; la prosecución en formas tajantemente violentas de un genocidio étnico que ya lleva varias décadas. Basta de llamarle guerra, señores dueños de las empresas internacionales de noticias.

Y basta de llamarle Medio Oriente a la zona de conflicto. El escenario de la masacre es un país independiente y soberano; pobre, pero independiente y soberano; desprotegido por Estados Unidos, Europa y las Naciones Unidas, pero independiente y soberano. Los países ahora amenazados son Irán y Siria, no “Oriente próximo”; la inescrupulosa extensión de territorio hasta el río Litani, pretendida por Israel, es exactamente eso y no una zona de exclusión. La masacre es en El Líbano, la masacre es en Gaza, la tierra envenenada para siempre por las bombas imperialistas es Palestina, no es Medio Oriente, como le dicen los medios de comunicación de masas nublando en una oscura zona del mundo el lugar concreto, las determinadas coordenadas donde ocurre la matanza. ¿Acaso alguien dijo que los aviones estrellados sobre los edificios de Nueva York cayeron sobre América del Norte, o “en Occidente”? Hasta el nombre de las factorías que tenían sus oficinas en las Torres Gemelas supo el mundo cuando aquel 11 de septiembre. Pero ahora es “Cercano Oriente”, como decir allá, lejos del mundo, en la ajena humanidad.

Lo que sí no es ajena humanidad, es lo que suceda en Cuba. Hasta a quienes en nuestro país les parece impropio exasperarse por lo que acontece en Irak o en Palestina, les resultará que observar a Cuba es observarse a sí mismos como sociedad. Conmueve pensar que si Bush no vaciló en mentir groseramente las razones de la guerra en Irak; que si no dudó al momento de inventar el cuento de las armas químicas; que si no se dejó intimidar por las formidables muestras de rechazo mundial a su ataque sobre Bagdad, tal vez ahora pueda proyectar una maldad semejante sobre Cuba.

Basta, entonces, de seguir jugando el juego que reparte Estados Unidos. Basta de poner el acento en la poca oferta de productos de consumo banal que hay en Cuba; basta de contar la realidad de Cuba según el diccionario de la democracia liberal. Miremos su rica complejidad; atendamos el sagrado derecho, que sí rige en Cuba, de asistir a toda la población en salud gratuita, en educación completa hasta la universidad, en vivienda de paredes despintadas pero digna, en adecuada alimentación. Eso es lo que la distingue de los demás países del mundo, y no los años que hace que Fidel está en el poder, ni la relación sanguínea con quien lo está reemplazando transitoriamente.

Si el imperialismo norteamericano comete una agresión militar sobre la revolución socialista cubana, seguros estamos que aquella sería su última locura. Después de eso ya no habría imperialismo. Que lo sepa el nazi Bush o el “demócrata” o “republicano” que lo suceda alguna vez: invadir Cuba sería la sentencia de muerte del imperialismo norteamericano, y quien la firme sería el mismísimo gobierno de Estados Unidos.
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