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Editorial de ¡Ni un paso atrás!

Programa del 20 de julio de 2006


De los crímenes morales del imperialismo a la victoria de
los pueblos latinoamericanos


¿Cuál es la historia de cada uno de los hombres y las mujeres que rondan por las calles de Beirut buscando poner a salvo de las bombas israelíes a sus hijos? ¿Quiénes conforman ese millón y medio de parias que ya representan un “desastre humanitario”, como califica la ONU en un formulario las consecuencias del brutal genocidio étnico que comete Israel? ¿De dónde vienen y hacia dónde se dirigen esos desesperados que corren a los barcos que se marchan del Líbano? ¿A quién aman? ¿Por quiénes sufren de amor, de nostalgia, de pena? ¿En nombre de quién sueñan? ¿Sueñan, todavía? Y si eso fuera posible, ¿qué?

Las bombas no caen solas en los suburbios de Beirut. Alguien con nombre y apellido bien concretos en la geopolítica contemporánea, las tira con precisión de cirujano. Algunos países, con nombre, bandera y voto en la ONU, el G7, la Unión Europea y la OTAN, se callan puntillosamente al momento de exigirle a Israel que suspenda el ataque. ¿Invadirá el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas Tel Aviv en condena por la invasión del territorio soberano del Líbano? ¿Actuarán los Cascos blancos y azules y de todos los colores censurando la guerra contra la población civil árabe? Jamás. Mientras, otros y otras con nombres y apellidos también concretos, la padecen en sus casas, sus cuerpos, sus relaciones familiares y sociales. La prensa internacional, sin embargo, niega esas historias, esos nombres y apellidos. Las ningunea. Las oculta bajo el felpudo de un simple numerito: el de la cantidad de bajas. Daños colaterales. Con total liviandad, el embajador norteamericano ante la ONU, John Bolton, asegura que las víctimas libanesas no son “moralmente equivalentes” a las que mueren en un ataque terrorista. Un alto funcionario del país campeón de la libertad y la democracia, inventa una nueva categoría entre las víctimas que es capaz de provocar el capitalismo: el crimen moral. Los bombardeos humanitarios, las guerras por la paz, y los crímenes morales. El alto el fuego puede esperar, dice Condoleezza Rice. Hezbollah es una mierda, comentan entre bocado y bocado, ligeramente, como si la vida de cientos de miles de personas no dependiera de su humor, Bush y Blair.

En las crónicas periodísticas de la información globalizada pareciera no haber sujeto. En la guerra declarada por el Estado sionista a los pueblos árabes que rodean el territorio israelí, el sujeto, en todo caso, es “las bombas”. Caen bombas en Beirut. No obstante, alguno sujetos sí cuentan para la prensa internacional. Tienen historia de vida, nombres y apellidos, pertenecen a la civilización occidental. Son los caídos bajo los cohetes defensivos de los pueblos árabes agredidos salvajemente por Israel. El imperialismo, ya sea norteamericano o europeo, se dio a la tarea de legitimarse para justificar su predominio mundial. La única moral posible bajo el capitalismo es la que proviene de sus elites dominantes. Los olvidados, los perseguidos, los explotados, los violentados con el hambre o a bombazos no tienen historia, no son sujetos de sí sino objeto de otros con poder. Ese poder es material, militar y también ideológico: cadenas noticiosas internacionales, poderosas, cuentan sincronizadamente y del mismo modo los hechos según el imperialismo, que es quien paga la producción de información, así en la guerra como en la aparente paz que permite el capitalismo.

La aparente paz del capitalismo asume en América latina una forma compleja. No hay bombas imperialistas, no hay invasión de marines, pero sí hay intentos todavía fallidos de hacer desandar a nuestros pueblos su camino de rebeliones crecientes y representaciones políticas populares en los gobiernos de la región. ALCA, golpe de Estado en Venezuela, intromisión norteamericana en la vida política de Bolivia para impedirle a Evo Morales llegar al poder y gobernar. Lo que sucederá en Córdoba mañana viernes es, por esto mismo, edificante. Conmovedor. Contundente. Fidel Castro seguramente va a venir, pero si ello no ocurriera no cambiaría en nada el logro histórico de la Cumbre ampliada de Presidentes del MERCOSUR. Cuba revolucionaria y socialista ya está hermanada indisolublemente con el destino mediato del continente. Era lo que estaba reclamando el presente de América latina: una integración regional cada vez más extendida y a la vez provista de significancia política, ideológica, de enfrentamiento con el imperialismo, y no sólo motivada por puntuales acuerdos comerciales y financieros, como lo hicieron los gobernantes que protagonizaron el MERCOSUR durante las décadas del neoliberalismo.

Nuestros pueblos están reencontrándose en la historia, proyectándose en el futuro. Se reconocen compañeros, iguales, descubren en forma creciente vitales similitudes entre sí. Se pertenecen el uno al otro, habítanse como el agua en su profundidad. Algo de eso se verá en Córdoba este viernes 21 de julio. En los salones de la Cumbre de Presidentes y en las calles de la esperanza popular. Las Madres de Plaza de Mayo, que mucho tuvieron que ver en la concreción de este momento histórico, estarán allí para vivenciarlo. Por sus ojos emocionados, vencedores y alertas, mirarán, también, sus hijos que no están y viven todavía.


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