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Editorial de ¡Ni un paso atrás!

Programa del 29 de junio de 2006

Próxima estación: Kosteki y Santillán


Las organizaciones sociales que compartieron con Darío Santillán y Maximiliano Kosteki la lucha por un trabajo digno, han resuelto exigir que la estación de tren de Avellaneda, donde ambos militantes fueron asesinados por fuerzas policiales, cambie su nombre por el de sus compañeros caídos.

Sería conveniente que el cambio del nombre de la estación ferroviaria se efectivice. Significaría un logro simbólico, que tendría notorios efectos en la memoria colectiva de la violencia criminal de la que es capaz es el propio Estado, incluso en tiempos “democráticos”. Pero debe quedar claro, que las organizaciones de trabajadores desocupados sólo reclaman una modificación catastral, un renombramiento formal, porque para el pueblo hace rato que esa estación se llama Darío Santillán y Maximiliano Kosteki.

Cuatro años hace que esa estación no es más la estación Avellaneda, por más que la empresa concesionaria del servicio ferroviario se emperre en poner el cartelito que dice precisamente eso, Avellaneda. Las familias obreras que viajan cotidianamente desde y hacia el sur del conurbano bonaerense, cuando pasan por esa estación hacen un suspiro emocionado en recordación de los compañeros y sin quererlo rebautizan con sus maravillosos nombres a ese andén. Darío y Maximiliano. Generosos hijos del pueblo, como los llamarían los anarquistas de principios de siglo, aquellos que lucharon por las 8 horas diarias de trabajo y que no imaginaban que cien años después los trabajadores deberían luchar por otras reivindicaciones más urgentes y básicas, exactamente: trabajar.

Los compañeros que sobrevivieron a Darío y Maximiliano no exigen que se llame con sus nombres al Bingo de Avellaneda, ni al supermercado en cuyo frente cayó herido Maximiliano Kosteki, con un cobarde tiro policial a la altura de la espalda. No. Los piqueteros quieren que se llame así a la estación de tren, el medio de transporte de los pobres. Porque allí cayeron abrazados los dos, dándose el último aliento de esperanza, y además porque por allí pasan diariamente cientos de miles de desocupados, de trabajadores precarizados, de vendedores ambulantes, de luchadores sociales, de poetas de los márgenes urbanos, de artistas populares, de músicos de vagón, en virtud de cuyo misterio dieron su vida Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, y Martín “El Oso” Cisneros, del que también se cumplieron años de su asesinato el reciente 26 de junio.

Una estación de tren con los nombres de los luchadores caídos en esa estación de tren, para que todo el mundo que pase por allí recuerde su gesta, se le haga agua el corazón al evocar su ejemplo de solidaridad, y no olvide jamás a los responsables de los crímenes: Eduardo Duhalde, Juan José Álvarez, Alfredo Atanasoff, Felipe Solá, Jorge Vanossi, Luis Genoud, y Jorge Matzkin.

No sabemos cuánto tiempo tardará, pero los compañeros caídos tendrán finalmente una estación de tren con sus nombres, como ya tienen centenares de emprendimientos productivos que los recuerdan. Bloqueras, huertas, panaderías comunitarias, banderas con sus rostros, nuevos agrupamientos piqueteros con sus nombres y apellidos. Los asesinos, en cambio, cuando mueran, ninguna flor querrá gastar su olor encima de su hueco en la tierra. Mientras tanto, que llegue la Justicia de la cárcel para los culpables, y hágase entre nosotros el pan, el trabajo y la poesía, como Darío y Maximiliano lo soñaron.

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