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Editorial de ¡Ni un paso atrás!

Programa del 22 de junio de 2006

Las Madres ya ganaron el Mundial


Nos negamos a creer que, como lo sugieren los noticieros de las ocho, no pasa nada por estos días en el país. Nada que no sea el Mundial en Alemania. Extrañadamente, eso que pasa en la realidad política nacional es tratado mediáticamente como una nota al pie, como una jocosa cita extrafutbolística, como un recuadro de color que aliviana una coyuntura que requiere un tratamiento mucho más serio y riguroso: la de la Selección nacional.

Pues no, nada de eso. La realidad indica que sí suceden cosas. Que sigue habiendo hambre y desnutrición, y signos alentadores en la política oficial y otros menos confortantes en materia económica. Persiste la explotación capitalista y también la lucha obrera. Hay más trabajo pero tan flexibilizado como antes, y menos desocupados pero mayor número de trabajadores en negro. La brecha entre ricos y pobres sigue siendo pronunciada. Y el reclamo de las Madres de Plaza de Mayo respecto de la pronta distribución de la riqueza aparece cada vez más atinado y necesario.

Los milicos, por su parte, siguen murmurando por lo bajo, reagrupándose en las catacumbas de la reivindicación del terrorismo de Estado. Y la Iglesia los bendice, cada vez desde posiciones más encumbradas de la jerarquía eclesiástica.

A propósito, se ha informado esta semana que desde la jefatura de la Armada se intenta obstruir la investigación de la Justicia federal sobre los casos de espionaje político realizados por altos mandos de la Marina. Tenía razón Hebe de Bonafini, la presidenta de las Madres, cuando le dijo en la cara al almirante Godoy, jefe de la Armada, que sus autocríticas sobre la actuación de su fuerza durante la dictadura eran hipócritas. Tan hipócritas y falsas, que el actual jefe parece estar de acuerdo en continuar con las mismas prácticas de persecución clandestina que distinguieron a las fuerzas militares durante su triste historial como fuerzas de ocupación y represión al propio pueblo que deberían defender.

Es que las Madres casi siempre tienen razón. Será porque marchan con la tranquilidad de saberse honestas luchadoras, desinteresadas compañeras y apasionadas madres enamoradas de sus hijos. No temen equivocarse, porque nada tienen para perder. Si fallan, lo asumen y cambian para acertar en el siguiente paso. Arriesgan todo el tiempo, guisan su misterio en el fuego de la solidaridad. “Nada queremos para nosotras”, dicen. Todo lo hacen en virtud de la coherencia de lucha revolucionaria dictada por sus hijos. “El otro soy yo”, repiten a quien quiera oírlas. Esta semana volverán a vencer a la muerte, en un acto en Misiones, mañana viernes. Será para celebrar sus 30 años de lucha increíble. Harán uno por mes, a veces más, en casi tantas provincias como tiene la Patria. Ayer nomás, mataron a la muerte en Ecuador, donde se instruyó un vistoso sello postal con el pañuelo blanco de las Madres como motivo.

Los milicos genocidas, execrados; los desparecidos, cada vez más altos en el cielo con sol que asoma por el costado izquierdo del país. Las Madres hace rato que ganaron el Mundial.
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