Nos negamos a creer que, como lo sugieren los noticieros de las ocho, no pasa
nada por estos días en el país. Nada que no sea el Mundial en Alemania.
Extrañadamente, eso que pasa en la realidad política nacional es
tratado mediáticamente como una nota al pie, como una jocosa cita extrafutbolística,
como un recuadro de color que aliviana una coyuntura que requiere un tratamiento
mucho más serio y riguroso: la de la Selección nacional.
Pues no, nada de eso. La realidad indica que sí suceden cosas. Que sigue
habiendo hambre y desnutrición, y signos alentadores en la política
oficial y otros menos confortantes en materia económica. Persiste la explotación
capitalista y también la lucha obrera. Hay más trabajo pero tan
flexibilizado como antes, y menos desocupados pero mayor número de trabajadores
en negro. La brecha entre ricos y pobres sigue siendo pronunciada. Y el reclamo
de las Madres de Plaza de Mayo respecto de la pronta distribución de la
riqueza aparece cada vez más atinado y necesario.
Los milicos, por su parte, siguen murmurando por lo bajo, reagrupándose
en las catacumbas de la reivindicación del terrorismo de Estado. Y la Iglesia
los bendice, cada vez desde posiciones más encumbradas de la jerarquía
eclesiástica.
A propósito, se ha informado esta semana que desde la jefatura de la Armada
se intenta obstruir la investigación de la Justicia federal sobre los casos
de espionaje político realizados por altos mandos de la Marina. Tenía
razón Hebe de Bonafini, la presidenta de las Madres, cuando le dijo en
la cara al almirante Godoy, jefe de la Armada, que sus autocríticas sobre
la actuación de su fuerza durante la dictadura eran hipócritas.
Tan hipócritas y falsas, que el actual jefe parece estar de acuerdo en
continuar con las mismas prácticas de persecución clandestina que
distinguieron a las fuerzas militares durante su triste historial como fuerzas
de ocupación y represión al propio pueblo que deberían defender.
Es que las Madres casi siempre tienen razón. Será porque marchan
con la tranquilidad de saberse honestas luchadoras, desinteresadas compañeras
y apasionadas madres enamoradas de sus hijos. No temen equivocarse, porque nada
tienen para perder. Si fallan, lo asumen y cambian para acertar en el siguiente
paso. Arriesgan todo el tiempo, guisan su misterio en el fuego de la solidaridad.
Nada queremos para nosotras, dicen. Todo lo hacen en virtud de la
coherencia de lucha revolucionaria dictada por sus hijos. El otro soy yo,
repiten a quien quiera oírlas. Esta semana volverán a vencer a la
muerte, en un acto en Misiones, mañana viernes. Será para celebrar
sus 30 años de lucha increíble. Harán uno por mes, a veces
más, en casi tantas provincias como tiene la Patria. Ayer nomás,
mataron a la muerte en Ecuador, donde se instruyó un vistoso sello postal
con el pañuelo blanco de las Madres como motivo.
Los milicos genocidas, execrados; los desparecidos, cada vez más altos
en el cielo con sol que asoma por el costado izquierdo del país. Las Madres
hace rato que ganaron el Mundial.