Es un pibito. Tendrá
no más de quince años. Pelo pintado de amarillo batata, con corte
a la mitad de camino entre Martín Palermo y Ronaldo, el brasileño.
Pantaloncito corto de la NBA, zapatillas Nike truchas, y remera de la Selección.
No desentona tanto entre esa masa informe, heterogénea, que a esa hora
del mediodía llena de bote a bote el vagón del subte B. Oficinistas,
estudiantes, cadetes, garcas, embarazadas, lo miran sorprendidos hacer malabares
con cuatro pelotitas de colores, que nunca jamás caerán al piso.
Jueguito con los pies y piruetas con las manos, todo al mismo tiempo y multiplicado
por cuatro. Las pelotas giran por el aire viciado del vagón.
Al principio parece que será una función rutinaria, que durará
una estación, a lo sumo dos, contando el tiempo que le demandará
al pibito pasar entre la gente en búsqueda de las consecuentes moneditas.
Pero no. Nada de eso. La actuación se extiende entre Uruguay y Carlos Gardel.
Cuatro estaciones largas, algunas con mucho tránsito de pasajeros. Uno
que tiene que bajarse antes y que, naturalmente, no piensa interrumpir a nuestro
acróbata, le entrega a otro una moneda de un peso, que se guardará
para sí en su bolsillo apenas el solidario termine de salir del vagón.
Miserable. Pero el pibito no lo sabe y está alegre igual. Parece no importarle
calcular cuánto dinero se está perdiendo; para él es más
trascendente hacer bien el pase de las pelotitas y ganarse un aplauso. Un reconocimiento
merecido, digno, no por lástima ni compasión. Quizás el único
posible en su vida.
Algunos, no obstante, lo miran con rabia. Otros sonríen y aplauden complacidos,
pero no pocos lo observan incómodos, molestos. Esperaban que un cabeza,
un chaboncito del suburbio, un negro teñido de rubio, cantara mal una canción
con un acordeón desafinado, o simplemente repartiera estampitas de San
Dios, que nadie rezará. Y todos contentos y todos felices. A esos hijos
de las siete pestes hay que darles vuelta la cara sin compasión y sin culpa
y a otra cosa, piensan. Pero este pibito los emboca a todos. Hace bien su gracia.
Es un artista. Está contento. Tiene más cara de feliz que el bancario
de buena paga y obra social, que por hacerse el dormido para no darle el asiento
a una viejita hasta se pierde el espectáculo. Se entusiasma el pibito;
las pelotas no se le caen y el show es propiamente eso, porque es generoso en
su duración y bien paga un billete de dos pesos.
Unos y otro, sin embargo, van a ver el Mundial en Alemania con igual efusión,
y a gritar de similar manera los goles de Argentina. El garca y el pibito. La
estudiante y el preceptor. El bancario y la viejita. En estos lares del sur, el
fútbol se vive así. De a pasiones que tienden a confundirlo todo,
aunque pasajeramente. En Tribunales, el juez compra un televisor para ver junto
a los ordenanzas los partidos de la Selección. El resto del año
los persigue si intentan organizarse sindicalmente, pero durante el Mundial algo
parece romperse o se atempera.
Resumiendo, no está todo bien. El Mundial, como la vida que se vive todos
los días, cabalga sobre un hiato, una grieta, una hendidura, que no se
remiendan así nomás. Después de los partidos, todo regresará
a la oscura y cruel relación capitalista de cada día, pero mientras
Argentina tenga chances, no. En la Plaza del 25 de Mayo estuvieron las Madres
y los Gordos, pero no está todo bien. La Patria somos todos, pero ellos
no son nuestra Patria. A ver si nos entendemos de una vez: todos somos celeste
y blanco mientras dure el campeonato en Alemania, pero los milicos que fueron
a la Plaza San Martín a vivar a los genocidas que hicieron el Mundial 78
para tapar sus tropelías, tienen que estar presos. Si quieren gritar los
goles en el calabozo, que lo hagan. Pero en cana.
Viniendo desde el sur o el oeste camino de la Capital, sobre las terrazas de las
casas bajas, flamean banderas argentinas estos días. Muchas banderas. El
viento del temporal de esta mañana las agita. Es el Mundial de fútbol,
sí. Pero casi todas llevan atadas en la punta, otra de otros colores. Marca
identitaria. Señales. Control de territorio. Sordas sombras que lo dicen
todo, aclarándolo. Verde y negro a la altura de Mataderos; rojo independiente
en Sarandí; amarillo y azul por todos lados. Somos todos argentinos, el
Mundial nos hermana por un mes, pero en el Apertura nos vemos. Aquí no
hay olvido. Lucha de clases, que le dicen.