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Editorial
de ¡Ni un paso atrás!
Programa del 11 de mayo de 2006
Del Estado ausente al Estado dispuesto
Es un buen momento para los pueblos de América latina. Si bien se escrutan
matices diferentes según cada país, a grandes rasgos puede afirmarse
que la instancia actual en la región retribuye en políticas públicas,
decisiones oficiales y gestión institucional el mapa de rebeliones populares
que sacudieron a Sudamérica tras la implantación de modelo neoliberal
de explotación capitalista. Cierto es que hay algunos países llámese
Perú, Colombia, Paraguay, vaivenes de Ecuador que no sintonizan
en nada aquella frecuencia progresista, pero otros muy sensibles a la vida política
y económica del continente sí. Decididamente sí.
Lástima Tabaré Vázquez. El presidente uruguayo llegó
al poder con la expectativa y la confianza más anchas entre todas las
que acompañaron a las demás administraciones a la izquierda de
Estados Unidos. Era el presidente del Frente Amplio, esa formidable construcción
política de años y años de acumulación, que sin
embargo está desandando lentamente todo el interés y la esperanza
generadas. Se podía desconfiar de Lula; poco podía esperarse de
Uribe Vélez; era sensato despotricar previamente acerca de Kirchner,
pero nunca de Tabaré Vázquez, quien, contra todo pronóstico,
es el actor más destacado en la avanzada imperialista sobre el Cono Sur.
Material descartable, juzgó respecto de él Hebe de
Bonafini. No diremos nada sobre las papeleras en el río Uruguay para
no cargar más el tintero, pero no puede obviarse el viaje del presidente
uruguayo al norte. Su reciente encuentro con Bush en Washington más sus
acuerdos comerciales con el pro ALCA presidente de México, configuran
la cereza de un postre francamente indigesto para el MERCOSUR, que tan triunfante
había salido de Mar del Plata, en el último noviembre. Es un hecho
político fuerte, que también lleva su correlato simbólico:
el gobierno formalmente más a la izquierda, compuesto por setentistas
y tupamaros, se ha situado, sustancialmente, a la derechísima de cualquier
otro en la región.
No obstante, se insiste, es un buen momento para nuestros pueblos. Un período
ciertamente edificante, como no se recuerda otro en estas tierras desde hace
décadas. Que se arme tanto revuelo por la decisión soberana y
cabal de Bolivia de nacionalizar sus recursos naturales, resulta aleccionador.
Antes los revuelos por estas cuestiones los provocaban los muertos que se contaban
de a decenas tras las represiones a quienes protestaban por el saqueo de las
riquezas estratégicas de aquel país. El neoliberalismo había
venido acompañado del paradigma aquel según el cual la historia
social y política había concluido. La publicitada muerte
de las ideologías justificaba en el plano ideológico la
vida eterna y victoriosa del mercado y de su mano (negra e) invisible. Nada
podían hacer los pueblos para modificar su destino, a no ser que no sea
convertirse en productores, o patrones competentes, o consumidores de nivel
ABC 1. Si no consumían estaban al margen de la sociedad. El que no gasta
está excluido. El Estado había sido puntillosamente desmantelado
en su función social, desarticulado en su potencialidad económica,
pero armado hasta los dientes para contrarrestar las crecientes rebeliones populares.
Un Estado ausente, excepto la policía.
Entonces, que sea precisamente Bolivia, un país olvidado históricamente,
marginado hasta el hartazgo y la repugnancia por los poderosos del mundo entero,
quien patee el tablero y obligue a reordenar el mapa político de la región,
es conmovedor e implica un claro testimonio de que la historia y la vida todos
los días pueden cambiar, virar, trastocarse drásticamente en favor
de quienes menos tienen. Evo Morales, el gobernante indígena que reivindica
a sus compañeros de clase no folclóricamente sino en política
contante y sonante, logra imponerles a los presidentes más importantes
de la zona una reunión de urgencia en Iguazú. Tiene en vilo a
poderosas multinacionales. Los operadores petroleros del mundo desesperan y
apuran sus contactos con los mandatarios para asegurarse el chorro abierto.
Bolivia ya ingresó a la historia contemporánea como aquel país
que ha sabido echar a piedrazos a los empleados de las multinacionales disfrazados
de funcionarios públicos. Sencillamente, ahora ha terminado por ponerse
de pie.
La cuestión de los hidrocarburos no es menor, por cierto. Roza intereses
muy encumbrados. Las últimas guerras planetarias han sido por petróleo,
como pronto lo serán por el agua. Aquí, en Argentina, los críticos
de la vergonzosa privatización de YPF han sufrido persecuciones y hasta
atentados, como Pino Solanas. En el año 2000, las Madres de Plaza de
Mayo padecieron una operación política y de prensa orquestada
desde el Ministerio del Interior de España por sus objeciones al saqueo
protagonizado por Repsol al subsuelo argentino. A las Madres les enrostraron
falsa e injuriosamente un supuesto apoyo a ETA. Aquella campaña anti
Madres tuvo sus seguidores muy atentos en el gobierno y hasta la prensa argentinos.
Eran los meses finales de Fernando de la Rúa.
Sin embargo, y tantas cruentas y arduas luchas populares de por medio, esos
mismos dos referentes de la pelea por la recuperación del petróleo
nacional fueron recibidos hace unos días por el Presidente Kirchner en
la Casa Rosada. Al mandatario le plantearon lo mismo que sostienen en sus actos
callejeros, en sus giras por el mundo, en sus películas uno, en su Plaza
la otra: el regreso de la acción estatal en la producción, transporte,
refinería y venta del petróleo. Kirchner no les dijo que no, lo
cual representa exactamente la mitad de una respuesta favorable. Los medios,
en cambio, lo minimizaron totalmente o, directamente, ni lo reflejaron. Como
en tantas otras cuestiones sensibles y trascendentes, ahora todo dependerá,
otra vez, de las fuerzas populares. En esta ocasión parece haber un Estado
dispuesto a escucharlas y a darles poder y participación. ¿Qué
iluminado de luces apagadas se creerá con derecho a desaprovechar tamaña
oportunidad?
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