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Editorial
de ¡Ni un paso atrás!
Programa del 12 de enero de 2006
Recuerdos
por Kosteki y Santillán
La
condena jurídica para los asesinos materiales de Darío Santillán
y Maximiliano Kosteki no termina con la lucha profunda y mucho más larga
por la justicia verdadera. Por varias razones: en primer lugar, porque el fallo
dictado el lunes 9 de enero, a tres años, seis meses y unos días
de los crímenes, no sanciona las responsabilidades políticas de
la matanza, que son incuestionables. Duhalde no ha sido condenado; Vanossi no
ha sido condenado; Solá no ha sido condenado; Juan José Alvarez
no ha sido condenado.
El fallo, además, no acaba con esa lucha larga y profunda por la justicia
verdadera, porque las razones por las cuales Kosteki y Santillán salieron
a la calle aquel día no han sido resueltas todavía. El hambre
sigue, la desocupación se mantiene, la pobreza no ha cesado aún.
Los ricos y poderosos continúan siendo ricos y poderosos, y los marginados
al día de hoy no han visto aliviada drásticamente su condición.
Cada organización del campo popular podrá hacer su diagnóstico
acerca del proceso político abierto tras la llegada del actual gobierno.
Algunas estarán muy en contra de Néstor Kirchner; otras, advertirán
que el momento político actual es diferente al anterior y que la situación
coyuntural que atraviesa latinoamericana es alentadora y favorable a las aspiraciones
populares. No obstante, unas y otras coincidirán en que la miseria está
vigente todavía y que las indispensables distribución de la riqueza
y reindustrialización del país permanecen pendientes.
Ahora, entonces, es tiempo de un penúltimo recuerdo para Santillán
y Kosteki. Nuestros recuerdos hacia ellos continuamente serán penúltimos,
porque siempre habrá otro recuerdo con posterioridad al que estemos haciendo
en ese momento. Ayer me acordé de Kosteki y Santillán, cuando
salí a la calle y llovía y sentí rabia por la mujer que
pasa la noche junto a sus tres hijitos de entre dos y ocho años, en el
umbral de una inmobiliaria, a la sombra de su techito, cuando las persianas
de ese comercio están bajas y nadie quiere entrar allí a comprar
una casa. Ayer me acordé de ellos, decía, y ahora ya me estoy
acordando otra vez. Ayer vi los rostros de Jesús, del Che, y me acordé
de Santillán y Kosteki. Y mañana me acordaré de nuevo,
y cuando el 25 y el 26 de enero vaya a la última Marcha de la Resistencia
de las Madres de Plaza de Mayo, también evocaré a Kosteki y a
Santillán.
Me acordaré de sus ojos, que nunca serán tan bellos como sus miradas.
Miradas contra la última vez. Miradas llenas de silencio que grita y
de osadía que avanza y vence. Me acordaré de su amor al pueblo,
a la patria, al país, cuando ame a mi mujer y bese a mi hijita.
Me acordaré de sus lecciones de solidaridad y coraje y querré
vivir para siempre, si eso fuera posible, detenido en un momento, en un solo
instante: cuando Darío les ordenó a sus compañeros que
escapen de la estación de tren, que lo dejen solo junto a Maximiliano,
que agonizaba, extenuado y vacío de sangre ya, en el hall de entrada
previo a los andenes. Váyanse, ustedes rajen y cuiden a las mujeres
y a los niños, cuentan sus compañeros que les dijo Darío,
momentos antes de morir, al tiempo que la policía se acercaba a la estación.
Todos querían quedarse frente al cuerpo herido de Maximiliano, haciendo
fuerza para que sobreviva. Dale, viví, le decían en
silencio, con palabras, los demás compañeros, midiéndole
el pulso, soplando aire en su boca, hasta que Darío les ordenó
que se vayan, asumiendo para sí todos los riesgos de heridas, de muerte
o de prisión, que finalmente se concretaron a los pocos minutos con un
tiro cobarde y mortal que le entró por debajo de la espalda, a la altura
del cóccix.
El verso más preciso y luminoso que es capaz de escribir la poesía
humana: vivir la propia vida en la vida de los demás, realizar el propio
misterio en el misterio de uno u otra igual a uno, compañero de clase;
multiplicar el yo singular para que se llene de gente, de trabajadores, de costureras,
de desocupados.
Un día en la vida de Kosteki y Santillán vale infinitamente más
que los mil años de cárcel que se merecen sus verdugos. Un solo
día de sus vidas, desde el amanecer hasta la noche, pasando por la hora
del mediodía en la que cayeron acribillados, alcanza para que el mundo
conozca todo la vida que le queda por vivir, y la muerte, al fin, descubra oxidadas
para siempre sus navajas.
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