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Editorial
de ¡Ni un paso atrás!
Programa del 28 de julio de 2005
El
imperialismo o la humanidad
Imperialismo es guerra y terrorismo de Estado. Para el imperialismo la vida de los londinenses de primera, bendecidos por la Reina de Inglaterra, vale infinitamente más que la vida de cualquier inmigrante de cualquier país subdesarrollado. Para el imperialismo el mundo entero es un cualquiera y sus intereses petroleros o financistas, un señor. Se tira por tirar, se mata por puro gusto o para justificar el loco presupuesto en seguridad interior. Ocho tiros en la cabeza, seguidos, para impedirle el movimiento de los brazos a la víctima, se llama eso que tanto repiten en los noticieros: Medidas extremas de seguridad. Todos somos culpables hasta que no se demuestre lo contrario; algunos sólo pueden demostrarlo después de haber sido acribillados... No extraña, sin embargo: las tropas británicas acompañaron a Bush en su invasión a Irak justificadas en el cuento infame de las armas químicas, pero no pidieron perdón ni regresaron a sus cuarteles en Europa tras comprobarse la grosera mentira de esa coartada. El imperialismo etapa superior del capitalismo, según decía Lenin jamás ha tenido un ideal que le dé sustento racional, fundamento histórico, justificación simbólica. Nunca. Lo ha inventado, enmascarado y mentido a conveniencia, siempre, pero ahora su falacia y antihumanidad resultan evidentes, flagrantes.
Es que el imperialismo es así: asesino, perverso, criminal. Antes que permitirse dudar, mata. Y si resuelva mal su duda, arregla todo con dinero. ¿Cuánto le costará al Estado imperialista inglés indemnizar a la familia del brasileño asesinado, según lo ha enfatizado con voz compungida su ministro del interior? Quizás menos que la pólvora que lo mató. Sin embargo, no es una cuestión de sumas: ni con todo el dinero que le roban diariamente a Irak, en barriles de petróleo, se podrá pagar la vida de De Menezes, ni la de los cientos de niñitos y mujeres y trabajadores iraquíes que todos los días, todos los días, ven cómo se desangra, se devasta, se asola la Tierra de su propio país.
Hay una película bastante reciente que se llama María, llena eres de gracia. Está filmada por un estadounidense y narra las vicisitudes de María, una mujer pobre de un pequeño poblado del campo colombiano, que debido a sus penurias económicas opta por ingerir grandes cantidades de cocaína para introducirla luego en Nueva York, transportada dentro de su propio cuerpo, escondida entre sus vísceras. La película cuenta que al llegar al aeropuerto norteamericano, María es sorprendida por la policía aduanera, que descubre también que la chica está embarazada, por lo que no pueden pasarla por el scanner con rayos láser que hubiera probado fehacientemente el delito. María, entonces, es liberada, si bien todas las evidencias y la intuición de los policías confirman que su cuerpo tiene cocaína en su interior. Pero eso pasa sólo en las películas.
Sólo en un filme del realismo capitalista o en una mala novela, las policías imperialistas respetan los derechos de sus presas. Al brasileño ni siquiera le sugirieron que se rinda a cambio de un juicio justo. Tiro y a la bolsa, total, a quién le importa, si el finado es pobre, inmigrante y vive de prestado en un país y en un continente que no son suyos. Bajas colaterales. La ONU nunca prescribirá una invasión a Inglaterra para defender la vida de los hambrientos inmigrantes. Si fuera necesario lo volveríamos a hacer, dijo Blair; es tiempo de dejar a la policía tranquila, cuidando la seguridad de la población de este país, explicitó luego. El costo de la libertad. Europa y sus mieles, para los europeos de la Unión; pero el trabajo sucio y mal pago de las grandes capitales, para los marroquíes y turcos y sudamericanos embrutecidos. Y si hay muerte, guita. Y si hay verdades que molestan, censura. Y si debe haber libertad de prensa, pues que haya libertad de mercado para los negociantes de la información.
Las cosas se están poniendo difíciles en el mundo. Arduas. Concluyentes. O es el imperialismo. O será la humanidad.
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