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Editorial de ¡Ni un paso atrás!

Programa del 19 de mayo de 2005

El fuego de Murillo


El 25 de mayo de 1809 los americanos –según dijera Bernardo de Monteagudo- “abríamos la primera brecha en el colosal muro de los tiranos”.

Desde la plaza de Chuquisaca partían los emisarios a las ciudades más importantes del Altoperú, que debían levantarse en simultaneidad.

La más radicalizada de las revoluciones se alzó en La Paz; los paceños hablaban sin tapujos ni disfraces de su independentismo. Su rebelión quedó aislada, los otros levantamientos por diferentes razones no se produjeron y la violencia imperial cayó sobre los revolucionarios: horca, destierro, cárcel, torturas; las cabezas en pica de sus principales dirigentes fueron exhibidas para escarmiento en Cuzco y Potosí.

El mismo terror desatado durante la rebelión de Tupac Amaru.

Pero miles de americanos repitieron a los cuatro vientos las palabras inolvidables que dijera Murillo al pie de la horca: “La tea que dejo encendida nadie la apagará jamás”.

¿Quién podría refutarlo? Sus compueblanos exhiben el fuego de su ejemplo en las calles de La Paz. Otro es el contexto histórico, otras las utopías, pero la lucha va por la misma huella. Libertad e independencia siguen siendo la divisa.

Paceños, quitenses, caraqueños, asunceños, brasileños, porteños se miran en las luchas, mutuamente enriquecen sus caminos.

La fuerza irreductible de la historia de nuestros pueblos contra la opresión, emerge cada vez con mayor nitidez, a pesar del ninguneo, de la cháchara falsa, de la mentira; debajo de la montaña de hojarasca descubre su camino, que viene de lejos.

Bajo el cielo de La Paz, el doctor Castelli, representante de la Revolución de Mayo expresa la imperiosa necesidad de una federación americana.

Francisco Miranda, en carta a Rodríguez Peña en Buenos Aires, le dice: “Siga su prudente plan con determinación y buen juicio, puede contar conmigo para defender los derechos de nuestra amada patria hasta la muerte”.

La independencia era para América, no se acotaba a la “patria chica”, y era una ideología.

Bolívar, Simón Rodríguez, San Martín la convirtieron en su sueño, su pensamiento, su ilusión…

La junta revolucionaria de Buenos Aires había enviado a Castelli y al ejército auxiliar a terminar con la contrarrevolución, entre sus órdenes expresas figuraba el fusilamiento de los cabecillas, entre los que se encontraba el ex Virrey Santiago de Liniers, pero también: “Arcabucear donde quiera que se les encuentre” a Nieto, Goyeneche y el obispo de La Paz, responsables de la matanza de 1909.

En Tiawanaku, a cielo abierto sobre la altipampa desnuda, ante la Puerta Del Sol, ese monumento apoteótico, símbolo de las naciones y culturas usurpadas avasalladas, el representante de la junta porteña celebra el primer aniversario de la Revolución de 1810. Con el Illampu, el Illimani, el Sorata y el Huayna Potosí como mudos testigos de piedra, el doctor Castelli proclama la caducidad del poder español y el nacimiento de un gobierno del pueblo y para el pueblo.

Propone vengar en revolución, independencia y unidad americanas las cenizas de los antepasados indios.

“Todos somos iguales en esta tierra”, dice el vocal representante a los indios y criollos reunidos. “Cada intendencia envía un diputado indio al Congreso General”, propone.

La revolución construía sus bases

Al lado del representante galopa el indio Carlos Mamaní, de Chiliguanca, comandante de las tropas de Andamarca; Juana Azurduy y Padilla lo acompañan desde Oruro a La Paz.

Unir indios y criollos en la lucha revolucionaria patriana era la divisa de la Junta de Mayo (claro, no de toda).

Una conspiración contrarrevolucionaria se adueña del gobierno de Buenos Aires; Moreno renuncia. El 6 de abril de 1811, Patricios, Húsares, arribeños y partidarios de Saavedra imponen la salida del gobierno de los independentistas, quienes eran considerados según el Dean Funes (y los españolistas y saavedristas), “personas odiosas, demagogos, terroristas, ateos”. Todo el poder a Saavedra. Este episodio inició la intervención de los militares en política; el cura Funes lo consideró “un día glorioso”. Los dignatarios de la Iglesia argentina apoyaron todas las dictaduras.

Los tiempos no son los mismos, los monstruos que atrasan los relojes sí; las apreciaciones del Dean no se diferencian de las de Condolezza Rice, Bush o de nuestros propios abundantes monstruos actuales.

Moreno murió, dicen que asesinado, casi en simultaneidad con la revolución que empujó con una increíble energía hasta dónde pudo.

Lo enterraron en el mar.

“Fue precisa tanta agua, para apagar tanto fuego”, diría con cierto alivio Saavedra. Pero las luchas de nuestro pueblo, casi dos siglos después lo desmienten, con sus avances y sus retrocesos, sus diferentes calidades y cualidades aparece en todos lados; sofocada por la violencia, los genocidios, no han cesado de emerger permanentemente.

El presidente Chávez enuncia la independencia, la revolución, la unidad latinoamericana, la lucha conjunta contra el opresor, en los mismos términos que Bolívar, Castelli, Moreno… Las Madres y la voz de sus 30.000 hijos lo proclaman al paso de su larga marcha. Fidel y el pueblo cubano con su ejemplo nos lo recuerdan a cada rato.

El fuego de Murillo arde junto al de todos los que en la historia empujaron la lucha por la libertad y la justicia en las calles de América.

Cuando la derrota lo signaba, cuando los perros de la contrarrevolución se le echaron encima, cebados, el doctor Castelli les gritó de frente su victoria: “¡Yo soy la revolución! ¡Yo viviré lo que ella viva!”.

Así será.

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