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Buenos Aires 26 de mayo de 2008
Ciertas
muestras de intolerancia hacia las Madres
Estas viejas, sí
Demetrio
Iramain
De Castells somos, me contestó el hombre corpulento en un vértice de la Pirámide, sobre las baldosas rojas de la Plaza. Tuve que alejarme unos metros de la columna que encabezaban las Madres de Plaza de Mayo en su marcha circular de cada jueves por la tarde, para confundir al coordinador de la protesta de vecinos desalojados que, ¿casualmente?, coincidían día y hora de reclamo con la marcha que hace 31 años llevan adelante las Madres.
Dije que tuve que alejarme para confundirlo, porque unos momentos antes, unos pasos más allá, había visto algo inquietante: mientras las Madres marchaban portando el cartel azul en reclamo de la Distribución de la riqueza, ya, una coordinadora de la protesta de los desalojados prohibió a los vecinos, muchos de ellos con sus hijos en brazos, aplaudir el paso de los pañuelos blancos. A estas viejas, no, les increpaba la coordinadora por lo bajo, sumando a su filípica un movimiento ampuloso de los brazos, como conteniéndolos. Ergo: si aquel dirigente advertía que yo acompañaba la marcha de las Madres, esas viejas, probablemente no me dijera a qué organización pertenecían quienes tutelaban la protesta. O quizás hasta me apartara con un empujón, quién sabe.
Como Raúl Castells tiene diferencias con las Madres, sus capos en las protestas impiden que los vecinos (que evidentemente desconocen o cuanto menos no tienen claridad sobre esas diferencias) aplaudan a las Madres. Castells tiene más acuerdos con la Sociedad Rural y sus campestres reunidos en Rosario, con Marcelo Tinneli y sus bailarines, con Blumberg y sus nazis que claman por alambres de púa y pena de muerte, que con las Madres. Allá él. Este no es momento de observar la política del matrimonio Castells-Peloso. En todo caso, serán los vecinos de sus barrios, que se estremecen de emoción ante el paso de las Madres de Plaza de Mayo, quienes cuestionarán a los punteros del MIJD por la incongruencia de instarlos a luchar y a la vez censurarles un gesto espontáneo de solidaridad y saludo hacia las compañeras de los pañuelos blancos.
Yo voy a otra cosa. Algo anda mal si las organizaciones sociales (deberá decirse, algunas organizaciones sociales), esperan a que sea jueves a las tres y media de la tarde, para exteriorizar puntuales reclamos y de paso cañazo echarles una puteada a las Madres. No es la primera vez. Ni es Castells el único. En poco tiempo hemos asistido a muestras de intolerancia tanto o peores que ésta. Cierto jueves hasta llegaron a escupirle el tapado a una de las Madres; otra vez vino la Pando y su pandilla de fascistas y pintaron en la misma Plaza sus consignas vivando el genocidio mientras los cesanteados del Casino Flotante, que acampaban sobre las verjas de la Pirámide haciendo severos planteos contra el Gobierno y el capitalismo, ni noticias.
Ay mamita querida de esa izquierda que no entiende nada. Que sólo la mirar pasar y no la ve ni cuadrada. Que mientras los servicios amenazan a las Madres y les rompen a palazos su sede, de madrugada, no son capaces ni de mandar un mail en solidaridad. Que cacerolea junto a los neonazis, añorando infantilmente, dramáticamente, tragicómicamente, el año 2001.
Debieran recordar, todos ellos, que aquel 20 de diciembre fue jueves. Es inadmisible que se llamen revolucionarios, materialistas-dialécticos, y desatiendan el aporte histórico que significa la lucha de las Madres de Plaza de Mayo, cuya historia continúa escribiéndose.
¿Olvidaron acaso que a pesar de los gases y las balas de plomo de De la Rúa, y antes la caza de brujas que sobrevino tras La Tablada, y más antes la Guerra de Malvinas, la Multipartidaria, la CONADEP, las Madres siguieron en su Plaza y jamás pudieron ser desalojadas? ¿En qué grieta de la memoria extraviaron aquella exhortación de Rodolfo Walsh acerca de la conveniencia de romper el círculo y no iniciar una lucha desligada de la experiencia histórica previa y las luchas anteriores?
Si hoy existe ese espacio público-político, recuperado del terror militar y ganado definitivamente para las luchas de la clase trabajadora, las resistencias de los olvidados sociales, los reclamos de los desheredados por el capitalismo, y también para la construcción de otro país por esos olvidados sociales, la reformulación de la sociedad a instancias de la clase trabajadora, y la modificación drástica de las relaciones que nos rigen muchas veces sin saberlo, eso es producto de la lucha de las Madres de Plaza de Mayo. Del esfuerzo de esas viejas. De su entrega por el otro que atraviesa coyunturas variadas, opuestas por el vértice, y que no se vence nunca. O sea: nunca.
Un compañero me consuela: Demetrio, la política es una carnicería. Y yo lo sé, y también sé que, como canta la brasileña Elza Soares, la carne más barata del mercado es negra. Pero no estoy de acuerdo. Me levanto desde el fondo de mi calma y grito: yo estoy en contra. La revolución no da para cualquier cosa. No todo es así. El Che no fue así. Cuba, el pueblo, su gobierno, su revolución, no son así. Las Madres de Plaza de Mayo no son así. Su práctica de todos los días es diametralmente inversa a la de la carnicería. Ética y principios, estamos para lo que mande, el otro soy yo, la verdad ajustada como un guante, para nosotros no queremos nada, no a la exhumación de cadáveres, nuestros hijos no valen sucia plata en bonos. Las Madres no están locas, ni su conciencia es un planeta fuera del sistema solar. Ellas piensan como hacen. Sus prácticas son la maternidad política y ese raro vínculo con sus hijos, interrumpido por el terror y vuelto a zurcir con hilitos que nada militar puede cortar.
La racionalidad
de las Madres de Plaza de Mayo anuncia otro tiempo, que transcurre entre nosotros
pero no ha llegado del todo. Todavía.
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