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12 enero 2008
Uribe, ¿por qué no te callas?
Atilio A. Boron
Rebelión
La liberación de las dos rehenes en poder de las FARC constituye una
tremenda derrota para el presidente Álvaro Uribe, obcecado en su afán
por aplicar los métodos del ex -alcalde de Nueva York, Ralph Giuliani,
para resolver los gravísimos desafíos que plantea la guerrilla
en Colombia. Con su intemperancia abortó una operación que debería
haber culminado sin sobresaltos a finales del año pasado. Tal como lo
manifestaran quienes residen en la zona donde supuestamente se produciría
la entrega de las rehenes, allí las operaciones militares se intensificaron
en lugar de retraerse, ante lo cual la guerrilla dio muestras de una prudencia
y una sensatez que, en realidad, deberían ser signos distintivos de un
gobierno y postergó la entrega de las prisioneras. Envalentonado por
sus mentores estadounidenses Uribe aprovechó la ocasión para montar
un show mediático en donde hizo gala de una agresiva verborragia atacando
sin ton ni son a todos los involucrados en la operación Emmanuel. Embriagado
por su propia retórica tuvo palabras descorteses e hirientes para con
los varios gobiernos de la región y sus representantes, quienes solidariamente
acudieron en calidad de garantes y para facilitar el buen éxito de una
negociación que el propio Uribe, de haber obrado inteligentemente, tendría
que haber sido el primero en facilitar. Pero si con su incontinencia verbal
ofendió y desairó en caliente a los garantes y sus
gobiernos en Villavicencio, volvería a reincidir en esa actitud días
más tarde y en frío por boca de su Canciller, un hombre
que no posee ninguna de las virtudes que se requieren para el arte de la diplomacia.
Las idas y venidas de Uribe en relación al canje humanitario, a la desmilitarización
del corredor selvático, a la presencia de garantes internacionales, a
la autorización y desautorización, para luego nuevamente autorizar
la mediación del Presidente Hugo Chávez corroboran una vez más
lo que la absoluta mayoría de los colombianos saben muy bien: que el
principal obstáculo para el canje humanitario y para pacificar el país
no es otro que el presidente Uribe. Por eso el exabrupto de Don Juan Carlos
milagrosamente se convierte, ante sus continuas rabietas y su inflamada oratoria,
en un sabio consejo: conviene que le haga caso al enfadado monarca y se calle
por un tiempo, dejando que otros arreglen lo que él no puede sino desarreglar
aún más.
Con la liberación de Clara Rojas y Consuelo González teniendo
lugar ante la absoluta impotencia de Uribe, devenido en un anónimo televidente,
se agigantaron las dudas sobre el margen real de autodeterminación y
soberanía que posee su gobierno para resolver la grave crisis política
de Colombia. ¿Habiendo dado tantas muestras de ofuscación, imprevisibilidad
e iracundia, amén de una desorbitada predisposición a seguir las
directivas que emanan de Washington, ¿será Uribe la persona capaz
de transitar serena y racionalmente por los complicados meandros de una negociación
diplomática que ponga fin a la pesadilla que abruma a los colombianos?
No parece. Por eso es el gran perdedor de esta jornada. Sus bravatas se vuelven
ahora en su contra, mientras que la Senadora Piedad Córdoba y el Presidente
Hugo Chávez emergen, ante la opinión pública mundial, como
los firmes y confiables negociadores que contra viento y marea -y contra la
opinión de la autodenominada prensa seria internacional-
persistieron en su propósito, mantuvieron su calma y su paciencia y lograron
su objetivo. Las FARC, a su vez, se prestigian como un actor que cumple con
su palabra aún en las condiciones más adversas, al paso que Uribe
aparece como alguien que, precisamente, no es capaz de cumplir con lo prometido.
Por último, otros ganadores son los vapuleados garantes internacionales
enviados por los gobiernos de Argentina, Bolivia, Brasil y Ecuador, su misión
reivindicada ex post y que ahora podrán disfrutar el dulce sabor del
éxito que un enardecido Uribe les frustró hace apenas unos pocos
días.
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