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Buenos Aires, 26 de marzo de 2007

 

Sobre el discurso de Hebe a 31 años del golpe

Las Madres tienen razón

Demetrio Iramain

Dijo Hebe que a las Madres les importa sólo lo que ellas piensan. Basta de juicios, de testigos, de expedientes, de presentación de pruebas, de testimonios. Procesos lerdos no es Justicia sino burla, dijo. Que por una vez se invierta la ecuación jurídica y que sean los milicos, si pueden, quienes demuestren su inocencia. Que los procesos empiecen por la cárcel efectiva para los asesinos, y que en su desenvolvimiento, si hallan evidencias en su favor, terminen en absolución.

Los constitucionalistas tiemblan, pero Hebe dijo que lo único que ahora les importa a las Madres es su propio pensamiento, y por lo visto ese pensamiento tiene razón. Las Madres ya demostraron con abundante prueba fáctica la responsabilidad de militares, curas, jueces, sindicalistas, empresarios y periodistas en el genocidio. Sólo que la Justicia en todos estos años garantizó la impunidad. No merituó sus pruebas. Miró para otro lado. Tronó cuando era un pobre el acusado, pero silbó bajito cada vez que un poderoso con billetera financiera o bota militar, acudía a un tribunal de sentencia.

Todo eso dijo Hebe al galope en su discurso del jueves 22 de marzo. A treinta y un años del golpe de Estado, las Madres no gastaron en esperar a que sea 24. Repudiaron a los genocidas y reivindicaron a sus hijos el jueves previo al concreto aniversario, para batir nuevamente a los asesinos en su Plaza. En su ceremonia secreta y pública de cada jueves en la Plaza de Mayo. Fue otra victoria de las Madres, sólo que ningún medio de comunicación de masas, ni grande ni chiquito, reprodujo la gesta. Precisamente, ese ninguneo a la contundente jornada de las Madres es el perfecto argumento para la consigna elegida en este nuevo aniversario del golpe: una nueva Ley de Radiodifusión.

Hebe dio un discurso de aquéllos. Los compañeros en el bar, a la noche del acto, debatíamos si había sido el mejor de los últimos años. Uno sostenía que, efectivamente, era el mejor. Otro que no se creía maestro ciruela como para evaluar con nota del uno al diez las últimas alocuciones de Hebe, dijo que cada discurso que le oye pronunciar a la voz cantante de las Madres le resulta el mejor. Obsecuente. El más atorrante aventuró con tono convencido, que el mejor discurso de Hebe siempre está por venir.

Cuando me tocó el turno a mí dije que no sé cuál es el mejor, pero que todos sus discursos me parecen buenos. Unos mejores que otros, pero todos sinceros, claros, punzantes. Que me mató verla a Hebe acodada en la baranda posterior del pequeño escenario, como una cantora de tangos bajos de los años veinte, dele que te dele trabajarle la mandíbula al sistema. Les pegó a los periodistas de la milicada que la van de democráticos, a los curas de la elite eclesiástica, a los cómplices de todo pelaje que bancaron la masacre militar. No se olvidó de los cuatrocientos jueces de la dictadura aún imperturbables en sus sillones de las calles Talcahuano y Comodoro Py. Destacó a los compañeros que construyen y hacen y luchan en silencio, sin el favor de la publicidad y la difusión mediáticas. Y otra vez, me emocionó cuando habló de sus hijos que no están y viven todavía.

Hebe los reivindicó contra quebrados, traidores, derrotados, resignados, renegados, que los levantan con vergüenza y sólo por compromiso. Hebe idealiza a la generación reprimida por la dictadura, pero quién la va a impugnar por ello. ¿Acaso no tiene razón el amor de una madre por sus hijos? ¿No fue ese amor idealizado el que las llevó a la calle a luchar en las penumbras más crueles de la noche genocida? Las Madres contraponen el rigor de su corazón a la pluma tibia y miserable que siempre busca encontrarles un error a los desaparecidos, seguramente para encubrir errores propios. Hebe sabe que sus hijos no son perfectos, pero también que son necesarios, imprescindibles, dramáticamente únicos e irrepetibles.

Estábamos en lo mejor del debate cuando el mozo trajo la cuenta. Guarden el bolsillo, invito yo, les dije a los demás compañeros, que me miraron sorprendidos. Exaltación lírica, que le dicen. Cada vez que le oigo un discurso a Hebe me suben ganas de ser poeta. Eso no lo dije en el bar, pero es así. Esa soberbia dulce que le pica en la garganta a uno cuando sabe que tiene razón.

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