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Sobre
el discurso de Hebe a 31 años del golpe
Las Madres tienen razón
Demetrio
Iramain
Dijo Hebe que a las Madres les importa sólo lo que ellas piensan. Basta
de juicios, de testigos, de expedientes, de presentación de pruebas,
de testimonios. Procesos lerdos no es Justicia sino burla, dijo. Que por una
vez se invierta la ecuación jurídica y que sean los milicos,
si pueden, quienes demuestren su inocencia. Que los procesos empiecen por
la cárcel efectiva para los asesinos, y que en su desenvolvimiento,
si hallan evidencias en su favor, terminen en absolución.
Los constitucionalistas tiemblan, pero Hebe dijo que lo único que ahora
les importa a las Madres es su propio pensamiento, y por lo visto ese pensamiento
tiene razón. Las Madres ya demostraron con abundante prueba fáctica
la responsabilidad de militares, curas, jueces, sindicalistas, empresarios
y periodistas en el genocidio. Sólo que la Justicia en todos estos
años garantizó la impunidad. No merituó sus pruebas.
Miró para otro lado. Tronó cuando era un pobre el acusado, pero
silbó bajito cada vez que un poderoso con billetera financiera o bota
militar, acudía a un tribunal de sentencia.
Todo eso dijo Hebe al galope en su discurso del jueves 22 de marzo. A treinta
y un años del golpe de Estado, las Madres no gastaron en esperar a
que sea 24. Repudiaron a los genocidas y reivindicaron a sus hijos el jueves
previo al concreto aniversario, para batir nuevamente a los asesinos en su
Plaza. En su ceremonia secreta y pública de cada jueves en la Plaza
de Mayo. Fue otra victoria de las Madres, sólo que ningún medio
de comunicación de masas, ni grande ni chiquito, reprodujo la gesta.
Precisamente, ese ninguneo a la contundente jornada de las Madres es el perfecto
argumento para la consigna elegida en este nuevo aniversario del golpe: una
nueva Ley de Radiodifusión.
Hebe dio un discurso de aquéllos. Los compañeros en el bar,
a la noche del acto, debatíamos si había sido el mejor de los
últimos años. Uno sostenía que, efectivamente, era el
mejor. Otro que no se creía maestro ciruela como para evaluar con nota
del uno al diez las últimas alocuciones de Hebe, dijo que cada discurso
que le oye pronunciar a la voz cantante de las Madres le resulta el mejor.
Obsecuente. El más atorrante aventuró con tono convencido, que
el mejor discurso de Hebe siempre está por venir.
Cuando me tocó el turno a mí dije que no sé cuál
es el mejor, pero que todos sus discursos me parecen buenos. Unos mejores
que otros, pero todos sinceros, claros, punzantes. Que me mató verla
a Hebe acodada en la baranda posterior del pequeño escenario, como
una cantora de tangos bajos de los años veinte, dele que te dele trabajarle
la mandíbula al sistema. Les pegó a los periodistas de la milicada
que la van de democráticos, a los curas de la elite eclesiástica,
a los cómplices de todo pelaje que bancaron la masacre militar. No
se olvidó de los cuatrocientos jueces de la dictadura aún imperturbables
en sus sillones de las calles Talcahuano y Comodoro Py. Destacó a los
compañeros que construyen y hacen y luchan en silencio, sin el favor
de la publicidad y la difusión mediáticas. Y otra vez, me emocionó
cuando habló de sus hijos que no están y viven todavía.
Hebe los reivindicó contra quebrados, traidores, derrotados, resignados,
renegados, que los levantan con vergüenza y sólo por compromiso.
Hebe idealiza a la generación reprimida por la dictadura, pero quién
la va a impugnar por ello. ¿Acaso no tiene razón el amor de
una madre por sus hijos? ¿No fue ese amor idealizado el que las llevó
a la calle a luchar en las penumbras más crueles de la noche genocida?
Las Madres contraponen el rigor de su corazón a la pluma tibia y miserable
que siempre busca encontrarles un error a los desaparecidos, seguramente para
encubrir errores propios. Hebe sabe que sus hijos no son perfectos, pero también
que son necesarios, imprescindibles, dramáticamente únicos e
irrepetibles.
Estábamos en lo mejor del debate cuando el mozo trajo la cuenta. Guarden
el bolsillo, invito yo, les dije a los demás compañeros, que
me miraron sorprendidos. Exaltación lírica, que le dicen. Cada
vez que le oigo un discurso a Hebe me suben ganas de ser poeta. Eso no lo
dije en el bar, pero es así. Esa soberbia dulce que le pica en la garganta
a uno cuando sabe que tiene razón.
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