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Sábado 18 de junio de 2005
Vergüenza
Osvaldo
Bayer
Página
12
Recuerdo aquel emocionante momento histórico. Se inauguraba frente a
la estancia La Anita, en el sur de Santa Cruz, a poca distancia del paraíso
de los paisajes, justo a un costado de la ruta, el monumento a los peones patagónicos
fusilados en 1921. Estaban presentes la hija de Antonio Soto, el dirigente obrero
de aquellas huelgas, autoridades de la provincia, funcionarios provinciales,
hombres y mujeres de la cultura y el secretario general de la Unión Argentina
de Trabajadores Rurales y Estibadores. Habían pasado más de tres
cuartos de siglo. Pero al fin la verdad se imponía. Luego de desconocerse
el tema durante tantos años (al que se le aplicó el silencio culpable
del de eso no se habla) se recordaba así la cruel matanza
cometida por el Regimiento 10 de Caballería.
Justo allí, a pocos metros, dentro de la estancia, están las tumbas
masivas con los cuerpos fusilados por haber pedido un poco más de justicia
en la paga y en las condiciones de trabajo.
Bien, allí se levantó un monumento recordatorio de los caídos.
En el mismo se pusieron placas recordativas: de la Cámara de Diputados
provincial, de la Municipalidad de El Calafate, de la escuela de esta localidad,
muy próxima al lugar de las tumbas ocultas por el silencio de todos:
gobernantes, sindicatos, iglesias.
He estado hace pocos días en ese lugar. Con indignación y tristeza
profunda pude comprobar que el monumento a los caídos estaba todo vejado,
agraviado, ultrajado. Las placas han sido robadas o destruidas. Todo es un tembladeral
donde apenas se puede avanzar por el barro y los pozos. El monumento es apenas
un brazo gris, oscuro, tétrico. Todo abandonado, rodeado de soledad y
mugre. No es ya un documento recordativo del comportamiento infame del Estado
sino sólo un insulto a la memoria. En cambio, a pocos metros, están
relucientes y recién pintadas las instalaciones de la estancia de los
únicos que ganaron con aquella masacre cometida por el gobierno radical
de Yrigoyen y el Ejército Argentino hace ochenta años.
Ver ese monumento tan manoseado es como si ya se quisiera aceptar para siempre
el pasado que nos avergüenza, en vez de aprender allí cómo
en nuestro país se ha insultado a la democracia, cómo se ha atentado
contra la dignidad humana, cómo se ha maltratado al trabajador, explotándolo
hasta mandarlo a la muerte. El mismo ejército que había aniquilado,
en 1879, al habitante original de esas hermosas pampas, medio siglo después
fue el fusilador de los trabajadores que pedían un paquete de velas por
mes para iluminar los oscuros establos donde dormían y vivían
y que las instrucciones del botiquín estuvieran en castellano y no en
inglés, como las ponía el capital británico que se llevaba
todo. No intervino el Ejército Argentino para que se hiciera justicia
sino que fusiló a mansalva a los que exigían el derecho de querer
vivir en dignidad.
Permanecí varias horas ante el monumento vejado. Me dice un paisano que
la gente que pasa en auto se detiene aquí para orinar porque ya ni se
sabe qué es, todo está abandonado.
La pregunta es: ¿quién puede haber vejado de esta manera ese monumento?
Y el otro interrogante que nace es: ¿por qué nadie se encarga
de mantenerlo en un estado de dignidad?, ¿quién se encarga del
cuidado de los demás monumentos de la provincia de Santa Cruz?, ¿por
qué los otros monumentos a Roca y el Perito Moreno están en excelente
estado? Claro, ésos sí. ¿Nadie se siente responsable del
monumento a los peones fusilados? ¿Por qué no se han iniciado
las investigaciones para dar con el culpable o los culpables de estas destrucciones?
Y una y otra vez renace el interrogante: ¿Por qué justamente se
falta el respeto a los peones patagónicos fusilados y no a otros monumentos
que emergen en las llanuras y bellezas patagónicas? Nombres que reafirman
una historia de genocidios o de mezquinos intereses gobernantes, como la de
los llamados conquistadores del desierto o los otros que marcaron
fronteras entre países que tuvieron los mismos libertadores en vez de
propender en llevar a cabo el sueño de Bolívar de los Estados
Unidos Latinoamericanos, el continente sin límites internos.
Es increíble el miedo a que se investigue la verdadera historia o lo
que es lo mismo, cómo se prosigue la defensa de los intereses mezquinos.
Esto del mancillamiento feroz del monumento a los caídos nos hace acordar
de aquella ley que en Río Gallegos promovió en 1986 el diputado
del Movimiento de Integración y Desarrollo, José Ramón
Graneros, quien propuso que fuera de lectura obligatoria en el quinto año
secundario la investigación histórica de la matanza de obreros
rurales en la década del veinte. La Legislatura votó el proyecto
por unanimidad, salvo la diputada radical Sureda, hija de un policía
represor de esas huelgas, que se opuso a toda discusión sobre el tema.
Pese a la defensa entusiasta del proyecto por la absoluta mayoría del
cuerpo legislativo, el gobernador peronista Arturo Puricelli y su ministra de
Cultura y Educación, Elsa Alonso de Urrusuno, vetaron la ley por el decreto
1841. De eso no se habla. La actitud del gobernador Puricelli repetía
la actitud de la bancada radical en el Congreso de la Nación que se negó,
en 1922, a investigar la masacre de obreros patagónicos y dejó
sin quórum a la Cámara de Diputados, huyendo de lo que debería
haber sido el estudio del crimen masivo más sanguinario de la democracia
argentina.
El tema de la lectura del tema de los fusilamientos de las peonadas rurales
no se trató más en las legislaturas y en los siguientes gobiernos
de Santa Cruz. Pero, eso sí, cinco años después, en 1991,
se promulgó la ley 2254 por la cual se declaraba monumento histórico
provincial el lugar enclavado en la estancia Santa Ana, donde como decimos
descansan los restos mortales de los primeros fusilados en 1921 y 1922. Esta
ley fue vetada por el gobernador Héctor Marcelino García, pero
se impuso la Legislatura al insistir en la resolución.
Claro que después se notó la mezquindad de quienes fueron encargados
de levantar el monumento. Se construyó apenas una especie de muro gris
para poner placas, sin ningún gusto artístico, en vez de llamar
a concurso con los mejores escultores del país para rendir homenaje a
tanto gaucho caído ante la violencia de los fusiles uniformados. Y ahora
esto: la vejación, el querer cubrir los crímenes oficiales con
la cobardía del accionar delictivo, el golpe en las sombras. ¿Habrán
sido descendientes de los dueños de la tierra los que faltaron el respeto
al monumento? ¿Habrán sido descendientes de los fusiladores, habrán
sido los que pese a todo se saben dueños del poder? ¿No sólo
explotar a los humildes sino también fusilarlos oficialmente para hacerlos
callar en sus protestas de justicia? En pleno 2005 se repiten así, simbólicamente,
los crímenes sociales de 1921. Y nadie hace nada. No se escucharon ni
siquiera las protestas de gobernantes, de políticos, no hubo ningún
informe policial por supuesto sobre los ataques contra el monumento
a las víctimas del 21.
Se ha querido herir y humillar a la memoria y advertir que los que mandan siguen
siendo aquellos que en 1921 impidieron toda investigación de los crímenes
y obraron para que los diputados nacionales del radicalismo huyeran de sus bancas
antes de comprobar quiénes fueron los responsables de los crímenes
y finalmente a quiénes favorecieron esos crímenes aún impunes.
¿La democracia argentina está representada por demócratas
de la sinceridad y el deber de fidelidad a las libertades o es apenas un espejo
que no refleja las imágenes de sus pecados y sus egoísmos? ¿Por
qué ocurren estas cosas en nuestro suelo?
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