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Buenos Aires, 30 de abril de 2005
La
trampa
Sandra Russo
Página
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La Iglesia Católica sabe perfectamente que, en los hechos, sus preceptos
en materia de sexualidad nunca se cumplieron. No los cumplen ni siquiera muchos
de sus sacerdotes. No los cumplen millones de sus fieles. La Iglesia está
en contra de la anticoncepción en cualquiera de sus formas. Si el debate
es sobre salud reproductiva, ataca el DIU por abortivo, pero se
calla ante otros métodos. Pero cuando se lanza una campaña de
salud sexual y el preservativo es uno de los métodos promovidos, ataca
el preservativo con un argumento aberrante que, si fuera escuchado, provocaría
miles de contagios de enfermedades de transmisión sexual. La Iglesia
no dice que veta el preservativo porque, como institución, está
lisa y llanamente en contra de las relaciones sexuales sin fines reproductores,
y una relación sexual en la que se usa preservativo supone placer pero
no embarazo. Lo que dice es que el preservativo es una herramienta ineficaz
para prevenir contagios, lo cual se escapa del dogma y entra en el peligroso
territorio de la irresponsabilidad social. Imaginarse un virus filtrándose
a través del látex es poco menos que desopilante, si no fuera,
más que risible, patético.
Pero la Iglesia
sabe perfectamente que, en los hechos, lo que prescribe y recomienda en materia
de sexualidad no se cumple. Sus esfuerzos milenarios en vigilar y castigar a
través de la culpa los impulsos sexuales humanos no han logrado suprimir
esos impulsos, pero sí trastornar muchas mentes. La gente no deja de
tener relaciones sexuales; los homosexuales no dejan de existir porque al Vaticano
no les caen en gracia; los cónyuges no son fieles para toda la vida ni
permanecen juntos si son infelices; los embarazos no deseados no llegan a término,
pero de los abortos clandestinos surgen víctimas ya nacidas, las madres,
especialmente las pobres, que no pueden pagarse un servicio decente.
La Iglesia no dirige
sus políticas a maniatar los actos humanos, porque es impotente para
eso, sino a estrechar la franja de visibilidad y legitimidad de esos actos humanos.
Los funcionarios eclesiásticos saben que, aunque ellos emitan comunicados,
los jóvenes no dejarán de iniciarse sexualmente a los quince años,
pero también sabe que lo harán en malos términos, en condiciones
sanitarias y psíquicas precarias, sin información, sin guía,
sin permiso social, con culpa, con insatisfacción. Las recomendaciones
de la Iglesia, en este punto, a lo que tienden es a mantener ancha la franja
de sufrimiento por causas sexuales: la gran tarea de la Iglesia es, en este
sentido, que la gente asocie el sexo con sufrimiento. Con aborto, con VIH, con
sífilis en otros tiempos, con clandestinidad, con trauma, con prostitución,
con decadencia. Esa es la trampa que tiende el discurso oficial de la Iglesia:
cuanto más riesgo y penar implique el sexo más poder tendrá
esa palabra que, sobre el hecho consumado de una desgracia, podrá insinuar,
con falsa piedad: yo te lo dije.
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