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Cuba,
3 de enero de 2004
Fidel Castro:
"O cambia el curso de los acontecimientos o la Humanidad
no podrá sobrevivir"
Discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, en ocasión del aniversario 45 del triunfo de la Revolución Cubana, en el teatro Carlos Marx, el 3 de enero de 2004, Año del 45 aniversario del triunfo de la Revolución. (Versiones Taquigráficas - Consejo de Estado)
Queridos compatriotas;
Distinguidos invitados:
Muchos de los que
tuvimos el privilegio de ser testigos de aquel emocionante día aún
vivimos; otros muchos ya murieron; la inmensa mayoría de los aquí
presentes tenían menos de diez años, o no habían nacido,
o estaban lejos de nacer el Primero de Enero de 1959.
Nuestros objetivos nunca fueron la búsqueda de gloria, honores ni reconocimientos
individuales o colectivos. Los que hoy ostentamos el legítimo derecho
de llamarnos revolucionarios cubanos nos vimos obligados, sin embargo, a escribir
lo que ha resultado una página sin precedentes en la historia. Inconformes
con la situación política y social de nuestro país, estábamos
simplemente decididos a cambiarla. No era algo nuevo en Cuba, había ocurrido
muchas veces a lo largo de casi un siglo.
Creíamos en los derechos de los pueblos, entre ellos el derecho a la
independencia y a rebelarse contra la tiranía. Del ejercicio de tales
derechos en este hemisferio, conquistado a sangre y fuego por las potencias
europeas -incluidas las matanzas masivas de los aborígenes y la esclavización
de millones de africanos-, emergieron un conjunto de naciones independientes,
entre ellas los Estados Unidos de Norteamérica.
Cuando la Revolución Cubana libra su primer combate el 26 de julio de
1953 contra un régimen ilegal, corrompido y sangriento, no habían
transcurrido todavía 8 años desde el final de la Segunda Guerra
Mundial, desatada por el fascismo en 1939, que costó la vida a más
de 50 millones de personas y causó la destrucción de la economía
de todos los países industrializados de entonces, con excepción
de la de Estados Unidos, fuera del alcance de las bombas y los cañones
enemigos.
Las ideas del fascismo que dieron origen a tan colosal contienda estaban en
total contradicción con los principios proclamados en la Declaración
de Independencia de las 13 antiguas colonias inglesas de Norteamérica
el 4 de julio de 1776. En la misma se afirmaba textualmente: Sostenemos
como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales; que a todos les
confiere su Creador ciertos derechos inalienables entre los cuales se cuenta
la vida, la libertad y la consecución de la felicidad [
] que siempre
que una forma de gobierno tienda a destruir esos fines, el pueblo tiene derecho
a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos
principios y organice sus poderes en la forma que a su juicio garantice mejor
su seguridad y felicidad.
La Declaración Francesa de los Derechos del Hombre, a raíz de
la Revolución de 1789, fue más lejos todavía sobre este
tema, al proclamar: Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo,
la insurrección es para este el más sagrado de los derechos y
el más imperioso de los deberes.
Las ideas fascistas chocaban también frontalmente con los principios
consignados en la Carta de las Naciones Unidas después de la gigantesca
batalla de la Segunda Guerra Mundial, entre los que se proclamaba, como prerrogativa
esencial del orden político mundial, el respeto al derecho de los pueblos
a la soberanía y la independencia.
En realidad los derechos de los pueblos nunca han sido respetados a lo largo
de la breve historia conocida de la humanidad, repleta de guerras de conquista,
imperios y las más variadas formas de saqueo y explotación de
unos seres humanos por otros. Sin embargo, en ese momento del devenir histórico
y pese al hecho real de que las potencias victoriosas impusieron un orden político
mundial con privilegios cada vez más irritantes para un minúsculo
grupo de los Estados más poderosos, muchas naciones, instituciones y
personas, concibieron la esperanza de que se iniciaba una nueva y prometedora
etapa de la humanidad. Más de 100 naciones o grupos de naciones, incluso
grupos humanos que no habían alcanzado todavía un sentimiento
nacional, recibieron el reconocimiento formal como Estados independientes. Fue
una época sumamente propicia a la ilusión y el engaño.
El grupo numeroso de países que recibieron formalmente el status de Estados
independientes estaba constituido, en su inmensa mayoría, por antiguas
colonias, dominios, protectorados y otras formas de someter y controlar países,
impuestas a lo largo de siglos por las potencias más poderosas.
Su dependencia de las antiguas metrópolis era casi total; su lucha por
alcanzar y actuar con mayor soberanía ha sido difícil y no pocas
veces heroica. Lo demuestra el terrible acoso a que son sometidos para apoyar
los proyectos de Estados Unidos en Ginebra, o abstenerse de votar contra los
mismos en último término. Admirable resulta el comportamiento
de esos Estados en la Asamblea General de las Naciones Unidas, que se expresa
en el creciente y ya casi unánime apoyo a Cuba contra el bloqueo.
Lo peor era que no pocos de los países que antes de aquella contienda
eran ya supuestamente independientes, ignoraban hasta qué grado carecían
de independencia, entre ellos Cuba. La casi totalidad de los países latinoamericanos
estaba en esa triste lista, lo que se demostraría con creces. Tan pronto
nuestro heroico pueblo logró una verdadera y plena independencia, la
casi totalidad de sus élites gobernantes se unieron a Estados Unidos
para destruir la Revolución e impedir las conquistas políticas
y sociales que rápidamente estábamos realizando.
Desde el propio año 1959, se iniciaron las agresiones con el empleo de
todos los medios económicos y políticos, incluidos la violencia,
el terrorismo y la amenaza del empleo masivo de la fuerza militar de Estados
Unidos.
Lo ocurrido con Cuba contribuyó a demostrar cuánto había
de ilusión y engaño en los elegantes textos sobre los principios
y los derechos proclamados por la Organización de Naciones Unidas.
La fuerza y no el derecho, como ha venido ocurriendo a lo largo de milenios,
continuó siendo el factor fundamental en la vida de la humanidad.
Cuanto ha sucedido hasta hoy, a partir de los primeros elementos históricos
con que contamos, es fruto de una evolución natural y espontánea,
tórpida y desordenada, de la sociedad humana. A nadie podría culparse
de los distintos sistemas políticos, económicos y sociales que
se han sucedido a lo largo de cinco mil años.
Las distintas civilizaciones surgidas en las más apartadas regiones del
mundo: China, India, Medio Oriente, el Mediterráneo, Centro y Suramérica,
obviamente en mayor o menor grado se desconocían entre sí, eran
independientes, aunque en muchas cosas evidenciaron extraordinarios alcances
en sus conocimientos. Algunas nos deslumbran, como por ejemplo la llamada civilización
griega: su arte, su filosofía, su literatura, sus conocimientos de historia,
física, matemática, astronomía y otros campos.
Es creciente lo que se conoce sobre los mayas y otras civilizaciones preincaicas,
lo que demuestra que el ser humano, aun separado por decenas de miles de años
en el tiempo y decenas de miles de kilómetros en el espacio, era ya creador
y capaz de extraordinarias obras; pero en todas las civilizaciones que nos precedieron
y en la actual, de una forma u otra, hubo y hay imperios, guerras de conquista,
formas de esclavitud y de feudalismo, ricos y pobres, clases sociales privilegiadas
dominantes y clases explotadas, marginadas y excluidas. Ignorarlo sería
ignorancia extrema.
Debo darle razón a Marx cuando esbozó la idea de que cuando existiera
sobre la Tierra un régimen social verdaderamente racional, justo y equitativo,
el ser humano habría salido de la prehistoria.
Si todo el desenvolvimiento de la sociedad humana ha sido inevitablemente caótico,
desordenado, imprevisible y sumamente cruel e injusto, la lucha por crear otro
mundo diferente, verdaderamente racional, digno de la inteligencia de nuestra
especie, constituye en este momento de su historia, que en nada se parece a
cualquier otra etapa previa de la humanidad, algo que no era posible y ni siquiera
imaginable en otras circunstancias: un intento de que los seres humanos por
primera vez programen su propio destino.
Soñar con cosas imposibles se llama utopía; luchar por objetivos
no solo alcanzables, sino imprescindibles para la supervivencia de la especie,
se llama realismo.
Sería erróneo suponer que tal objetivo obedecería simplemente
a una motivación ideológica. Se trata de algo que va más
allá de nobles y muy justificables sentimientos de justicia y profundos
deseos de que todos los seres humanos puedan alcanzar una vida digna y libre;
se trata de la supervivencia de la especie.
La gran diferencia entre la época de Grecia y la actual no está
en la capacidad intelectual de nuestra especie; está en el avance exponencial
y aparentemente infinito del desarrollo de la ciencia y la tecnología
que ha tenido lugar en los últimos 150 años, que supera por completo
la exigua y ridícula capacidad política demostrada para enfrentar
los riesgos de perecer como especie que realmente la amenazan.
Hace menos de 60 años se hizo evidente, al estallar sobre Hiroshima el
primer artefacto nuclear equivalente a 20 mil toneladas de TNT, que la tecnología
había creado un instrumento cuyo desarrollo podría poner fin a
la existencia de la vida humana sobre el planeta. Desde entonces no ha parado
un solo día el desarrollo de nuevas y hasta cientos de veces más
poderosas, variadas y certeras armas y sistemas de este carácter. Hoy
existen decenas de miles de ellas, solo muy pocas han sido eliminadas en virtud
de engañosos y limitados acuerdos.
Un reducido grupo de países de los que monopolizan tales armas se arrogan
el derecho exclusivo de producirlas y mejorarlas. Las contradicciones e intereses
de sus miembros sufren cambios, y la humanidad se desenvuelve bajo un tinglado
de armas nucleares que amenaza su existencia. Alguien podría afirmar
algo parecido a lo que aquel emperador persa exclamó al aproximarse con
un enorme ejército a los 300 espartanos que defendían el paso
de las Termópilas: Nuestros misiles nucleares oscurecerán
el Sol.
Las vidas de miles de millones de seres humanos que habitan el planeta dependen
de lo que piensen, crean y decidan unas pocas personas. Lo más grave
es que los que poseen tan fabuloso poder no cuentan con psiquiatras. No podemos
resignarnos. Tenemos derecho a denunciar, presionar y exigir cambios y el cese
de tan insólita y absurda situación, que nos convierte a todos
en rehenes. Nadie debe poseer jamás semejantes facultades, o nadie en
el mundo podrá volver a hablar de civilización.
A este se suma otro letal problema: hace apenas 40 años algunos comenzaron
a expresar preocupaciones sobre lo que se ha dado en llamar el medio ambiente,
a partir de una civilización bárbara que estaba destruyendo las
condiciones naturales de vida. Por primera vez se pone sobre el tapete ese delicadísimo
tema. No pocos pensaron que se trataba de personas alarmistas y exageradas,
un neomalthusianismo al estilo de pasados siglos. Eran en realidad personas
bien informadas e inteligentes que iniciaban la tarea de concientizar a la opinión
pública sobre el tema, con la angustia a veces de que fuera demasiado
tarde para adoptar las medidas pertinentes. Quienes por sus altas responsabilidades
políticas debían mostrar las mayores inquietudes, no mostraban
más que ignorancia y desprecio.
Han pasado ya más de diez años desde la Cumbre de Río de
Janeiro convocada por Naciones Unidas, y pese a la habitual proliferación
de discursos, compromisos y promesas, muy poco se ha hecho. Sin embargo, la
conciencia del mortal peligro crece. Debe crecer y crecerá la lucha.
No hay alternativa.
Hace muy poco se produjo en La Habana un encuentro sobre desertificación
y cambio de clima convocado igualmente por Naciones Unidas, un importante esfuerzo
de información, concientización y llamado a la lucha.
Fui testigo en Río de Janeiro de la inquietud y el temor de los que representaban
a las pequeñas islas del Pacífico y a otros países amenazados
por el riesgo de quedar sepultados por las aguas de forma parcial o total debido
al cambio de clima. Es triste. Los primeros en sufrir las consecuencias de la
afectación del medio ambiente son los pobres. No poseen automóviles,
ni aires acondicionados, posiblemente ni siquiera muebles, si es que disponen
de vivienda. Sobre ellos caen más directamente los efectos de las grandes
emanaciones de dióxido de carbono causantes del calentamiento de la atmósfera
y el efecto pernicioso de los rayos ultravioletas que atraviesan el deteriorado
filtro de la capa de ozono. Cuando se enferman, bien se sabe que no existen
para ellos y sus familiares hospitales, médicos ni medicamento alguno.
Un tercer problema: en el más conservador de los cálculos posibles,
la población mundial tardó no menos de 50 mil años en alcanzar
la cifra de mil millones de habitantes.
Esto ocurrió aproximadamente en el año 1800, cuando se iniciaba
el siglo XIX. Llegó a dos mil millones 130 años después,
en 1930, siglo XX. Alcanzó tres mil millones en 1960, treinta años
después; cuatro mil millones en 1974, catorce años después;
cinco mil millones en 1987, trece años después; seis mil millones
en 1999, solo doce años después. Cuenta hoy con 6 374 millones.
Es verdaderamente asombroso que en solo 204 años la población
mundial se multiplicara 6,4 veces desde la cifra de mil millones alcanzada en
1800, después de no menos de 50 mil años, calculados de forma
relativamente arbitraria y conservadora para disponer de un punto de arranque
que deberá ser considerado ulteriormente. Pueden ser muchos más
años, limitándonos solo al tiempo en que alcanzó su capacidad
actual.
¿A qué ritmo crece en este momento?
Año 1999: población, 6 002 millones de habitantes; crecimiento,
77 millones.
Año 2000: población, 6 079 millones; crecimiento, 75 millones.
Año 2001: población, 6 154 millones; crecimiento, 74 millones.
Año 2002: población, 6 228 millones; crecimiento, 72 millones.
Año 2003: población, 6 300 millones; crecimiento, 74 millones.
Año 2004: población calculada, 6 374 millones; crecimiento, 74
millones.
¿A cuánto ascenderá la población mundial en el año
2050?
Los cálculos más reducidos afirman que a 7 409 millones; los cálculos
más elevados aseguran que a 10 633 millones. Según el criterio
de muchos expertos, la cifra será alrededor de 9 mil millones de habitantes.
La gran alarma provocada por esta colosal explosión demográfica,
unida a la acelerada degradación de las condiciones naturales elementales
para la supervivencia de la especie, ha causado verdadera consternación
en muchos países, ya que casi el ciento por ciento de los crecimientos
mencionados tendrán lugar en los países del Tercer Mundo.
Conociendo el creciente deterioro y reducción de los recursos de tierra
y agua, las hambrunas que tienen lugar en muchos países, la indiferencia
y el despilfarro de las sociedades de consumo, así como los problemas
educacionales y sanitarios de la población mundial, si no se resuelven,
es como para imaginarse una especie humana en la que sus miembros se estarían
devorando entre sí.
Sería bueno preguntarles a los campeones olímpicos de los derechos
humanos en el mundo occidental si alguna vez han dedicado un solo minuto a pensar
en estas realidades, que en altísimo grado son consecuencia del sistema
económico y social; qué piensan de un sistema que, en vez de educar
a las masas como cuestión fundamental para avanzar con el apoyo precisamente
de la ciencia, la técnica y la cultura en la búsqueda de soluciones
viables y apremiantes, gasta un millón de millones de dólares
cada año en propaganda enajenante y consumista. Con lo que se gasta en
uno solo de esos años para sembrar ese singular veneno, se podría
alfabetizar y elevar hasta el nivel de noveno grado a todos los analfabetos
y semianalfabetos del mundo en menos de diez años, y ningún niño
pobre carecería de enseñanza. Sin educación y otros servicios
sociales, el delito y el consumo de drogas jamás podrán reducirse
y hasta casi eliminarse. Lo afirmamos desde Cuba, el país bloqueado durante
45 años, acusado y condenado no pocas veces en Ginebra por Estados Unidos
y sus socios más incondicionales, que está a punto de alcanzar
servicios de salud, educación y formación cultural con niveles
de calidad que jamás el Occidente desarrollado y rico ha soñado
siquiera, y además absolutamente gratuitos para todos los ciudadanos
sin excepción alguna.
La globalización neoliberal impuesta al mundo, diseñada para un
mayor saqueo de los recursos naturales del planeta, ha conducido a la mayoría
de los países del Tercer Mundo, y de modo especial a los de América
Latina, tras el fatídico Consenso de Washington, a una situación
desesperada e insostenible.
El primer fruto de esa funesta política fue la década perdida
de 1980, en que el crecimiento de la región se limitó a uno por
ciento; asciende a 2,7 por ciento entre 1990 y 1998, muy por debajo de las falsas
ilusiones y de necesidades apremiantes, para volver a caer al uno por ciento
entre 1998 y el 2004.
La deuda externa que en 1985, año del traicionero consenso,
ascendía a 300 mil millones de dólares, se eleva hoy a más
de 750 mil millones.
Las privatizaciones enajenaron en cientos de miles de millones de dólares
bienes nacionales que se crearon a lo largo de muchos años, los cuales
se esfumaron a la velocidad con que de estos países se fugan los capitales
hacia Estados Unidos y Europa.
El desempleo alcanzó cifras récord. De cada 100 nuevos puestos
de trabajo que se crean, 82 pertenecen al llamado sector informal,
que incluye una larga lista de los que se ganan la vida de cualquier forma sin
protección social ni legal alguna.
La pobreza ha crecido
de forma alarmante, en especial la pobreza extrema, 12,8 por ciento hasta alcanzar
el 44 por ciento de la población. El desarrollo se estanca y los servicios
sociales se deterioran cada vez más. En estos últimos, que incluyen
en primer lugar la educación y la salud de la población, como
era de esperarse, la globalización neoliberal produjo un verdadero desastre.
Si a esto se unen
viejas y nuevas formas de saqueo como el intercambio desigual, la fuga incesante
y obligada de capitales, el robo de cerebros, el proteccionismo, los subsidios
y los ucases de la OMC, a nadie deben extrañar las crisis y los acontecimientos
que tienen lugar en Suramérica.
Fue América
Latina la región del mundo donde con más rigor y exigencia se
aplicó la globalización neoliberal. Ahora enfrenta el desafío
del ALCA, que barrería las industrias nacionales y convertiría
el MERCOSUR y el Pacto Andino en apéndices de la economía norteamericana:
un asalto final contra el desarrollo económico, la unidad y la independencia
de los pueblos latinoamericanos.
Pero si ese intento
de anexión se consumara, tal orden económico seguiría siendo
insostenible tanto para los pueblos de América Latina como para el propio
pueblo de Estados Unidos, que ve amenazados sus empleos por una abundante mano
de obra barata reclutada por las maquiladoras entre aquellos a quienes la pobreza,
el desastre educacional y el desempleo reinantes les impidió obtener
una adecuada calificación. Mano de obra barata y no calificada es algo
que pueden ofrecer masivamente las oligarquías latinoamericanas.
La síntesis
de cuanto he dicho expresa la profunda convicción de que nuestra especie,
y con ella cada uno de nuestros pueblos, se encuentran en un momento decisivo
de su historia: o cambia el curso de los acontecimientos o no podría
sobrevivir. No existe otro planeta adonde podamos mudarnos. En Marte no hay
atmósfera, ni aire ni agua. Tampoco una línea de transporte para
emigrar en masa hasta allí. O salvamos la que tenemos, o habrán
de transcurrir muchos millones de años para que surja tal vez otra especie
inteligente que pueda iniciar de nuevo la aventura que ha vivido la nuestra.
El Papa Juan Pablo II ya explicó que la teoría de la evolución
no era inconciliable con la doctrina de la creación.
Debo concluir mis
palabras. No es poco el trabajo que nos espera en el 2004.
Deseo felicitar a nuestro pueblo por todo lo que ha hecho a lo largo de estos
años, por su heroísmo, su patriotismo, su espíritu de lucha,
su lealtad y su fervor revolucionario.
Felicito de modo especial en este 45 aniversario a los que supieron cumplir
gloriosas misiones internacionalistas, hoy simbolizadas en la ejemplar conducta
de los Cinco Héroes Prisioneros del Imperio (Aplausos), que con
impresionante dignidad se enfrentan a las injustas, vengativas y crueles acciones
de los enemigos de su Patria y de su pueblo, y en los quince mil médicos
que, derrochando sacrificios, desafiando riesgos y peligros, cumplen sus deberes
internacionalistas en cualquier paraje de más de 64 países (Aplausos),
proeza humana que no podrían realizar jamás Estados Unidos y Europa
por carecer de capital humano para demostrar cuáles derechos humanos
están realmente defendiendo.
Nadie podrá
impedir la conducta solidaria de nuestro pueblo y la valentía de sus
hijos con amenazas ni agresiones contra nuestros médicos, maestros, instructores
deportivos o cualquier otro tipo de colaborador, porque muchos están
dispuestos al honor de ocupar los puestos de aquellos que incluso perdieran
la vida, víctimas de acciones terroristas estimuladas e impulsadas por
funcionarios extremistas del gobierno de Estados Unidos.
Felicito a todos
los que luchan, a los que no desisten jamás ante las dificultades; a
los que creen en las capacidades humanas para crear, sembrar y cultivar valores
e ideas; a los que apuestan por la humanidad; ¡a todos los que comparten
la hermosa convicción de que un mundo mejor es posible!
¡Lucharemos
junto a ellos y venceremos!
(Ovación.)
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