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Hablemos de cuba

Jorge de las Heras
La Tribuna

En este país resulta más que conveniente, de obligado cumplimiento, opinar sobre Cuba de vez en cuando. Algo debe tener esa isla caribeña para desatar tantas pasiones encontradas y, así, no es extraño encontrar en los distintos medios de comunicación nacionales, casi a diario, sesudos análisis socioeconómicos sobre la inviabilidad de la praxis comunista al lado de soflamas a favor o en contra de la Revolución Castrista. Lo cierto es que, visto el nutrido número de intelectuales conocedores de la situación cubana, a uno no le cabe sino aportar modestamente la pequeña experiencia cimentada a partir de una colaboración científica entre dos Universidades, la UCLM y la de Pinar del Río, situada en la región Occidental de la isla, mediante un proyecto de investigación en materia forestal, que tengo la fortuna de coordinar. Dicha colaboración va para dos años y me consta que, además de proyectos forestales, distintos grupos de investigadores del Campus de Albacete dirigen otros junto a varias Universidades cubanas sobre diversas líneas de investigación, de entre las que destacan aquellas relacionadas con ingeniería del riego, informática, etc.

Las primeras imágenes que uno percibe cuando viaja por la isla son las de un paisaje fuertemente antropizado. Se deja notar en el horizonte la mano del hombre en extensos cultivos de caña de azúcar, tabaco, café, monocultivos forestales y numerosos poblados dispuestos al amparo de los citados aprovechamientos. La conquista española de la isla supuso el exterminio casi inmediato de la población indígena (guanajatabeys, ciboneys y taínos), la importación masiva de esclavos negros desde principios del siglo XVI así como la deforestación de grandes extensiones de bosques tropicales de valor incalculable, para introducir los mencionados cultivos.

Las cicatrices de las sucesivas conquistas han marcado la historia de Cuba. Tras España, llegó el Imperio Británico que asentó sus muy reales posaderas en La Habana durante 11 meses (1762) y, posteriormente, tras la voladura del Maine en el puerto de La Habana (1898), la intervención norteamericana se hizo efectiva hasta el derrocamiento del dictador Batista en 1959, tras el triunfo de la Revolución, aunque hoy opera de otras muchas formas. En este sentido, cabe preguntarse: ¿ fue José Martí un libertador o un peligroso terrorista-nacionalista? ¿el hundimiento del Maine se puede considerar una consecuencia del uso de armas de destrucción masiva, o un precedente del Prestige, ocasionado por la eficaz gestión de algún ancestro de Cascos? ¿asumir el bloqueo económico que asfixia a la población cubana es requisito «sinaequa non» para formar parte del eje trasatlántico?¿tiene algo que ver Castro con las recientes crisis de empresas norteamericanas tan relevantes como Enron, Worldcom y Arthur Andersen, entre otras? y, por fin, ¿estudió Urdaci en la misma Facultad que el director del periódico oficial Granma?. Las respuestas a éstas y otras muchas preguntas sobre la actualidad cubana, se encuentran, hoy por hoy, en el aire. Lo cierto es que, la población cubana ha soportado con una entereza encomiable el devenir de los acontecimientos y, sólo tras convivir con ellos, se es consciente de la voluntad férrea de seguir delante que tiene ese pueblo, más allá de conquistas, bloqueos y represión.

Siempre me ha resultado encomiable el humor resignado y agridulce con que se refieren los cubanos al eufemísticamente llamado «periodo especial», que sobrevino tras el hundimiento del bloque soviético a finales de la década de los ochenta. Cuando la URSS dejó de suministrar combustible, medicinas y alimentos, el país entró en un colapso de dimensiones inimaginables. Los profesores y alumnos de la Universidad de Pinar del Río hacían referencia a la picaresca imperante en la época más dura del citado «periodo especial», cuando se vendían fraudulentamente hamburguesas elaboradas con flecos de alfombras, desaparecía misteriosamente la población de gatos de los alrededores de la residencia de estudiantes o se podían comprar en puestos ambulantes asados de «ave de altura» (o lo que es lo mismo, áura tiñosa, una rapaz carroñera muy abundante en la zona). Curioso pueblo éste capaz de comer buitres asados, alimentar a sus hijos con leche de coco y de curar sus enfermedades echando mano exclusivamente de remedios caseros, siendo al tiempo referente en materia de educación, sanidad, cultura y deporte en el ámbito iberoamericano.

Afortunadamente, a esa época infausta se ha sucedido otra de menores rigores, gracias a una férrea reestructuración de los sectores productivos del país y hoy, al menos, nunca falta un buen plato de arroz y frijoles con pollo en la mesa de cualquier familia cubana. Actualmente Cuba mira hacia sus recursos forestales como una potencial fuente de riqueza, sustituyendo los cada vez menos rentables cultivos de caña de azúcar por bosques de especies de maderas nobles. La restauración de manglares litorales es otra de las líneas de interés forestal que ha de tenerse en cuenta por cuanto protegen el sustrato arenoso cuando sobrevienen ciclones devastadores. Y detrás de toda esa riqueza natural, crece un turismo que quiere alejarse de los grandes complejos de La Habana o Varadero. Una potencial entrada de divisas que reclama una ordenación eficaz, fuera de especulaciones agresivas. Y es ahí donde podemos ayudar, porque en España somos perfectamente conscientes de lo que supone el expolio y destrucción de playas y costas durante décadas.

Cuba es mucho más que una Revolución. Desde los intercambios culturales y científicos que permiten programas nacionales (AECI) o universitarios (OCI), los científicos españoles disponemos de una ventana a la colaboración nada desdeñable. La ciencia y el desarrollo tecnológico han de vencer bloqueos económicos e informativos, represión y depresión, presiones externas e internas. Los cubanos son, ante todo y sobre todo, un pueblo admirable que tiene mucho que ofrecer. Solidaridad y compromiso histórico han de ser las banderas a enarbolar en el presente y futuro del desarrollo de este país hermano. Un humilde consejo: visiten Cuba y déjense llevar por sus gentes y paisajes. Seguro que no se sentirán defraudados y, de propina, se encontrarán cara a cara con una parte importante de nuestra propia historia.

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